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19 de diciembre de 2018

De un escrito de Lenin

La flexibilidad en la táctica proletaria

Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, fue el gran dirigente de la revolución obrera y campesina en Rusia y del proletariado internacional en la primera mitad del siglo XX. De un escrito suyo de 1920 extractamos esta nota.

Con sólo la vanguardia, es imposible triunfar. Lanzar sólo a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a ella, que la incapacite por completo para defender al adversario, sería no sólo una estupidez, sino además un crimen. Y para que en realidad toda la clase, las grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar semejante posición, son insuficientes la propaganda y la agitación solas. Para ello es necesaria la propia experiencia política de estas masas. (…)

La historia en general, la de las revoluciones en particular, es siempre más rica de contenido, más variada de formas y aspectos, más viva, más “astuta” de lo que se imaginan los mejores partidos, las vanguardias más conscientes de las clases más adelantadas. Se comprende fácilmente, pues las mejores vanguardias expresan la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución la hacen, en momentos de tensión y excitación especiales de todas las facultades humanas, la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de millones de hombres aguijados por la lucha de clases más aguda. De aquí se derivan dos conclusiones prácticas muy importantes: la primera es que la clase revolucionaria, para realizar su misión, debe saber utilizar todas las formas y los aspectos, sin la más mínima excepción, de la actividad social (dispuesta a completar después de la conquista del poder político, a veces con gran riesgo e inmenso peligro, lo que no ha terminado antes de esta conquista); la segunda es que la clase revolucionaria debe hallarse dispuesta a reemplazar de un modo rápido e inesperado una forma por otra.

Todo el mundo convendrá que sería insensata y hasta criminal la conducta de un ejército que no se dispusiera a utilizar toda clase de armas, todos los medios y procedimientos de lucha que posee o puede poseer el enemigo. Pero esta verdad es todavía más aplicable a la política que al arte militar. En política se puede aún menos saber de antemano qué método de lucha será aplicable y ventajoso para nosotros en tales o cuales circunstancias futuras. Sin dominar todos los medios de lucha, podemos correr el riesgo de sufrir una enorme derrota, a veces decisiva, si cambios independientes de nuestra voluntad en la situación de las otras clases ponen a la orden del día una forma de acción en la cual somos particularmente débiles. Si dominamos todos los medios de lucha, nuestro triunfo es seguro, puesto que representamos los intereses de la clase realmente avanzada, realmente revolucionaria, aun en el caso de que las circunstancias no nos permitan hacer uso del arma más peligrosa para el enemigo, del arma susceptible de asestar con la mayor rapidez golpes mortales.

Los revolucionarios inexperimentados se imaginan a menudo que los medios legales de lucha son oportunistas, porque en este terreno (sobre todo en los períodos llamados “pacíficos”, en los períodos no revolucionarios) la burguesía engañaba y embaucaba con una frecuencia particular a los obreros, y que los procedimientos ilegales son revolucionarios. Tal afirmación, sin embargo, no es justa. Lo justo es que los oportunistas y traidores a la clase obrera, son los partidos y jefes que no saben o no quieren (no digáis nunca: no puedo, sino: no quiero) aplicar los procedimientos ilegales en una situación como la guerra imperialista de 1914-1918 por ejemplo, en que la burguesía de los países democráticos más libres engañaba a los obreros con una insolencia y crueldad nunca vistas, prohibiendo que se dijese la verdad sobre el carácter de rapiña de la guerra. Pero los revolucionarios que no saben combinar las formas ilegales de lucha con todas las formas legales son unos malos revolucionarios. No es difícil ser revolucionario cuando la revolución ha estallado ya y se halla en su apogeo, cuando todos y cada uno se adhieren a la revolución simplemente por entusiasmo, por moda y a veces por interés personal de hacer carrera. Al proletariado le cuesta mucho, le produce duras penalidades, le origina verdaderos tormentos “deshacerse”, después de su triunfo, de estos “revolucionarios”. Es infinitamente más difícil –y muchísimo más meritorio– saber ser revolucionario cuando todavía no se dan las condiciones para la lucha directa, franca, la verdadera lucha de masas, la verdadera lucha revolucionaria, saber defender los intereses de la revolución (mediante la propaganda, la agitación, la organización) en instituciones no revolucionarias y a menudo sencillamente reaccionarias, en la situación no revolucionaria entre unas masas incapaces de comprender de un modo inmediato la necesidad de un método revolucionario de acción. Saber encontrar, percibir, determinar exactamente la marcha concreta o el cambio brusco de los acontecimientos susceptibles de conducir a las masas a la grande y verdadera lucha revolucionaria final y decisiva, es en lo que consiste la misión principal del comunismo contemporáneo. (…)

Los comunistas deben consagrar todos sus esfuerzos a dirigir el movimiento obrero y el desarrollo social en general por el camino más recto y rápido hacia la victoria mundial del Poder soviético y de la dictadura del proletariado. Es una verdad indiscutible. Pero basta dar un pequeño paso más allá –aunque parezca efectuado en la misma dirección–, para que esta verdad se cambie en error. Basta con que digamos, como hacen los comunistas de izquierda alemanes e ingleses, que no aceptamos más que un camino, el camino recto, que no admitimos las maniobras, los acuerdos, los compromisos, para que sea un error que puede causar, y que ha causado ya en parte y sigue causando, los más serios perjuicios al comunismo. Los doctrinarios de derecha se han obstinado en no admitir más que las formas antiguas, y han fracasado del modo más completo por no haberse dado cuenta del nuevo contenido. Los doctrinarios de izquierda se obstinan en rechazar incondicionalmente determinadas formas antiguas, sin ver que el contenido nuevo se abre paso a través de toda clase de formas y que nuestro deber de comunistas consiste en adueñarnos de todas ellas, en aprender a completar con el máximo de rapidez unas con otras, en sustituirlas unas por otras, en adaptar nuestra táctica a todo cambio de este género, suscitado por una clase que no sea la nuestra o por unos esfuerzos que no sean los nuestros.

(De Lenin: La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo)

Hoy N° 1748 19/12/2018