Usufructuando los grandes logros de la China socialista, a la muerte de Mao en 1976 se restaura el capitalismo, igual que había sucedido en la URSS [tras la muerte de Stalin, con el 20° Congreso del PCUS y el golpe de Estado de junio de 1957]. Asumió Teng Xiaoping, que había sido acusado en la Revolución Cultural de seguir el camino capitalista y mandado al campo, como otros cuadros y jefes de empresas burocratizados. Mao después aceptó que volviera al Comité Central, prefiriendo tener a la derecha conocida adentro del Partido. Cuando asume Teng planteó que no importaba el color del gato, sino que cace ratones, y que enriquecerse era maravilloso -como dice hoy Milei- levantando la bandera de modernizar China. Modernizar fue, en definitiva, abrirse al capitalismo: el libre mercado reemplazó la planificación socialista, la propiedad privada a la comunal, y el estímulo individual material al solidario colectivo. Y en un proceso China se transformó en una gran potencia imperialista que disputa la hegemonía mundial.
China hoy: de “socialista” a socialimperialista
China se presenta como socialista, como un camino originario al socialismo: socialismo con particularidades chinas, pero es una falsa apariencia. China es hoy un país socialimperialista, con un régimen autocrático y represivo de capitalismo de Estado que lo ejerce la dirección del PCCH, encabezado por Xi Jinping. Reúne los rasgos que Lenin señaló como propios del imperialismo: grandes empresas estatales que exportan capitales, disputa de mercados y materias primas, invierte capitales en el extranjero —en Argentina, entre las mayores inversiones—, construye su expansión marítima y terrestre: la ruta de la seda y el collar de perlas, con puertos y bases terrestres que se presentan como meteorológicas y son militares, como la de Neuquén en nuestro país; grandes bancos en el exterior y préstamos a naciones dependientes (Argentina tiene un swap con China equivalente a 5000 millones de dólares)
En el 2001 China ingresó a la Organización Mundial del Comercio; se transforma en gran receptor de capitales donde se establecen monopolios imperialistas que aprovechan una fuerza de trabajo altamente calificada, producto del socialismo previo, a la que le pagan salarios diez veces más bajos que en EEUU. China es denominada la fábrica del mundo, con trabajadores super- explotados, con jornadas de 12 horas 6 días a la semana; se apropia de tecnología avanzada y luego desarrolla la propia que hoy disputa con la de EEUU. Al liquidarse las Comunas se produce un éxodo masivo del campo a la ciudad donde crece la miseria, el hacinamiento, los suicidios y se agigantan las diferencias sociales donde el 1% más rico- muchos jerarcas del Partido- concentra el 50% de las riquezas.
Toda esta situación comienza a revertirse porque los obreros chinos, a pesar de la vigilancia y la represión, se organizan y comienzan grandes huelgas desde abajo. Los estudiantes también resisten y luchan y se produce una gran represión en el año 1989 en la plaza de Tiananmen, donde millones son atacados por tanques y se produce un asesinato masivo. Son medidas atroces, pero no puede ser de otra manera ya que la política actual de China no se puede imponer sin represión y fascismo.
A partir de la gran oleada de huelgas en China, del 2013 al 2018, los obreros consiguen aumentar los salarios y cambiar las condiciones de trabajo. Por eso, como cae la tasa de ganancia, muchos de los grandes monopolios se trasladan a Vietnam y a otros países del sudeste asiático y a la India. A la vez en China se consolida un capitalismo de Estado autocrático que cuenta hoy con producción propia, altamente calificada y de alta tecnología: al principio lo que venía de China era barato pero malo, y hoy compite con los autos de Tesla y con los productos de Alemania y de otros países. Como señalamos anteriormente, disputa con EEUU en todos los terrenos, lo que explica en parte la política agresiva de Trump para recuperar lo que ha ido perdiendo en el mundo. Pero, como decíamos también al comienzo, no hay una sola tendencia: donde hay opresión, hay resistencia, y han crecido las luchas de pueblos y naciones que enfrentan al imperialismo y a las clases dominantes de cada país. Nos queda pendiente reflexionar a partir de lo expuesto si es posible hoy una revolución que permita liberarnos de quienes nos oprimen y explotan.
Reflexión final: ¿es posible la revolución?
La derecha, tras la derrota de las revoluciones socialistas, ha logrado imponer, con mucha eficacia, que este es el único mundo posible, y que lo único que podemos conseguir es que sea un poco menos malo. Hablar de revolución se considera anacrónico.
Parece prohibido o imposible volver a proponernos una sociedad donde los campesinos puedan ser dueños de la tierra y los obreros dirijan las fábricas, donde los estudiantes y los jóvenes puedan realizar sus sueños y donde los que trabajaron toda la vida puedan tener una vejez digna; que sea posible luchar para que la riqueza que producimos entre todos sea para satisfacer las necesidades colectivas; nos impiden hasta imaginar que es posible una sociedad más justa donde se termine con la esclavitud asalariada, donde el hombre no sea el lobo del hombre. En una sociedad donde ya ni siquiera se da la compra y venta de la fuerza de trabajo en condiciones donde los obreros tenían garantizado un trabajo bajo convenio, con estabilidad y derechos, sino que se han precarizado absolutamente las condiciones de trabajo. Se ha aprobado en la Argentina una ley para que esto sea legal, y la jornada de ocho horas, que fue un triunfo de la clase obrera a principios de siglo 20, se transforme en una ilusión, mientras se nos hace creer que esa precarización implica mayor libertad que trabajar en una fábrica ocho horas por un salario digno. Y cada vez se hace más evidente que este sistema capitalista imperialista atenta también contra la propia existencia del planeta.
Por eso el debate de fondo es si esta situación es justa o exige ser cambiada; si se puede seguir permitiendo que, habiendo la humanidad logrado producir los instrumentos tecnológicos que permitirían que todos podamos con menos horas de trabajo disponer de lo necesario para vivir y poder dedicarnos a lo verdaderamente humano -al desarrollo intelectual, artístico individual y colectivo, o lo que a cada uno le guste hacer-; si se puede seguir tolerando un sistema social donde el 1% de la población, – tecno magnates, terratenientes, grandes monopolios y especuladores financieros, se apropien de la riqueza social, condenando al resto de la sociedad a condiciones antagónicas con la condición humana.
Hay luchas y va a seguir habiéndolas. El desafío es, como dijimos al inicio, que se unan y organicen, con una conducción política que sea capaz de conducirlas a que la clase obrera y el pueblo tomen el poder para llevar a la práctica los cambios revolucionarios necesarios. Un gran instrumento de las clases dominantes para impedirlo es habernos convencido de que este es el único mundo posible. Por eso la lucha contra esa idea, junto con la práctica, es una de las formas de revertir una situación que es contraria a lo humano.
Mao, en una hermosa poesía que compone en 1965 cuando retorna a las montañas Ching Kang donde inició la Larga Marcha, poco antes de encarar la Revolución Cultural escribe que Nada es imposible si uno se atreve a escalar las alturas. Esto no resuelve el debate sobre si es posible una revolución, pero, si en las condiciones de China, mucho más difícil que las nuestras, se pudo hacer, ¿por qué no lo podemos hacer nosotros?
hoy N° 2126 16/09/2026
