La Inteligencia Artificial en su laberinto

23 de septiembre de 2026

Escribe Carlos Figueroa

En resumidas cuentas, la IA es un programa de computadora, o software muy evolucionado, que puede aprender diversas funciones por sí mismo, como conversar, y que se ejecuta en una red de procesadores que trabajan en paralelo distribuidas en uno o más centros de datos. Las potencias imperialistas, principalmente China y los EEUU, pretenden utilizar esta formidable tecnología para automatizar el trabajo intelectual, robotizar sectores críticos de la producción, aumentar las ganancias de sus monopolios, vigilar y manipular a pueblos y naciones y prevalecer en su disputa inter-imperialista. Aunque todo lo anterior implique una amenaza seria para los pueblos y naciones oprimidas del mundo, es probable que el alarmismo propagado por los mismos monopolios tecnológicos propietarios de los agentes de IA (como OpenAI, que es la dueña de ChatGPT) tenga que ver más con una estrategia de marketing diseñada para mejorar la recaudación de estas empresas.

Tal vez la noticia más relevante de estos días sea la del llamado “incidente de Hugging Face”, en el que un grupo de agentes de ChatGPT pudo hackear la base de datos, supuestamente a prueba de hackeo, de esta empresa. Lo que este incidente demuestra es que las bases de datos en las que los grandes monopolios de la producción y de las finanzas guardan sus secretos comerciales e industriales y sus patentes, dejarían de ser seguros en el futuro próximo. Esto incluye el manejo de las grandes bolsas especulativas como la de Nueva York o la de Shangai, o secretos industriales como la tecnología para la producción de nanochips o de misiles hipersónicos, o el sistema de control de un escudo antimisilístico, cosas que podrían ser vulnerables al hackeo. Sucede que el secreto bancario e industrial, indispensable para el capitalismo monopolista, estaría en riesgo. Este asunto, es una de las razones de la pugna entre dos posiciones políticas, la de los reguladores y los desreguladores de la IA entre diferentes sectores imperialistas de los EEUU, Europa y Japón.

 

El dilema del costo de la infraestructura

Según un informe de la consultora Standard&Poor, el 70% del crecimiento del PBI yanqui del 2025 es atribuible a la expansión de la Inteligencia Artificial en infraestructura y servicios. Ese año se construyeron entre 70 y 110 centros de datos de IA, mayormente de Amazon, Google, Meta y Microsoft, mientras que la cantidad de suscripciones pagas para utilizar las funciones avanzadas de la IA (empresas y particulares) creció de 18 a 30 millones.

Esto implica en primer lugar, que esta superpotencia ha ligado sus perspectivas de crecimiento económico y su poderío al desarrollo de estas tecnologías. En segundo lugar este escenario esconde una crisis de superproducción que estaría afectando al resto de las ramas de su aparato productivo, provocada principalmente por la competencia china. Y en tercer lugar las proyecciones de crecimiento son escalofriantes, en el sentido de que se planea duplicar la cantidad de centros de datos hasta el 2030, lo que duplicaría además el consumo de recursos y energía. El imperialismo yanqui requiere de este esfuerzo de las fuerzas productivas, propias y ajenas, para mantener su hegemonía. Han difundido la cifra de un billón de dólares, para el costo de estos emprendimientos.

Una de las principales fuentes de financiación de las gigantes tecnológicas es la venta de acciones en las bolsas especulativas, cuyo valor depende de las ganancias prometidas o proyectadas a futuro de estos monopolios. Hasta el presente empresas como las ya mencionadas cotizan sus acciones en la bolsa, y se está programando para octubre de este año la entrada a la bolsa de empresas de IA como OpenAI, para mejorar las recaudaciones de todo el complejo tecnológico. Por consiguiente, se ha estado generando una enorme burbuja especulativa alrededor de este negocio. Para mantener la expectativa de las ganancias futuras y el valor de las acciones necesitan aumentar al máximo la cantidad de suscripciones pagas a sus servicios avanzados.

Interesa particularmente la suscripción de todo tipo de empresas, de todas las escalas y rubros, tanto privadas como estatales, a nivel global, a los agentes de IA (tokens) encargados de gestionar los balances comerciales y administrar la producción y las cadenas de suministros. Tareas que hasta el momento la realizan miles de empleados y profesionales, con acceso a información confidencial altamente vulnerable. Es este punto donde se abre la contradicción entre los reguladores y desreguladores. La postura de los gerentes de Anthropic, Alphabet y OpenAI, más en línea con la postura de la Union Europea y China, estaría relacionada con la necesidad de un sector de la burguesía monopolista de frenar la expansión de la IA para discutir en qué condiciones se haría esta. Es posible que entre los gerentes y dueños de diferentes bancos y monopolios, incluso de empresas y negocios menores, exista cierta renuencia a contratar estos servicios porque esto implicaría entregar el manejo de su funcionamiento íntimo a un operador externo cuya capacidad y seguridad es aún desconocida. Sucede que las empresas que han digitalizado sus archivos de contabilidad utilizan un software de encriptación llamado blockchain, que guarda sus datos en forma segura en la nube, por lo que el incidente de Hugging Face, es un llamado de atención en el sentido de que estos datos dejarían de estar seguros, teniendo en cuenta que las herramientas de IA están en fase de entrenamiento y aprendizaje continuo y que sus capacidades futuras no son predecibles.

Como se mencionó antes, un agente de IA podría hackear la bolsa de Nueva York para favorecer a unos especuladores en desmedro de otros, o la de Buenos Aires. Donald Trump ha expresado su postura, más a tono con la de Peter Thiel y su empresa Palantir a favor de una desregulación absoluta, lo que en realidad les permitiría a las operadoras de la IA discutir los términos de la expansión (el costo de las suscripciones) desde una posición de fuerza.

 

La postura china

Hasta el momento China ha tomado una postura a favor de la regulación, coincidiendo con el Vaticano y la Unión Europea. Por otra parte ha difundido el uso de aplicaciones de IA como DeepSeek o Kimi K3, propuestas cuyas suscripciones son más económicas y tienen la característica de ser programas “de código abierto”. Esto quiere decir que el código de los programas de las herramientas de IA chinas sería de libre acceso. Hay que tener en cuenta que estos programas, al iniciarse parten de un código escrito por un operador humano, pero al entrenarse por su propia cuenta, reescriben su código de forma autónoma. Es decir que se trata de un programa de computadora que puede autoescribirse en función de un proceso de aprendizaje. En el caso de los agentes de IA chinos, estos códigos serían aparentemente públicos (habría a que ver en qué medida eso es así) a diferencia de los yanquis, que son de código cerrado y al que solo los operadores de las empresas propietarias tienen acceso.  La promoción de la IA de código abierto sería del interés de los países oprimidos, ya que esto facilitaría la transferencia de tecnología necesaria para el desarrollo independiente de plataformas de IA por parte de países como el nuestro.

 

El riesgo para la soberanía nacional y popular

El primer punto de una agenda propia en esta cuestión tendría que ser la defensa de la soberanía nacional y de los derechos humanos individuales y colectivos, aspectos de nuestra realidad que están siendo fuertemente vulnerados por la irrupción de estas tecnologías, cuyo formidable potencial está puesto principalmente al servicio de los imperialismos.

En este sentido el gobierno de Milei ha tomado medidas y realizado acuerdos con Palantir para la implantación en nuestro país de un sistema de vigilancia y represión controlado por esta firma yanqui, para lo que instalarían cuatro centros de datos de IA en Neuquén. Es necesario denunciar y detener este emprendimiento. Por otra parte, para maximizar el control soberano del segmento argentino de Internet, deberíamos impulsar el control público de los centros de datos argentinos y obligar a las empresas de internet a procesar y guardar todo el tráfico de datos nacional en servidores y centros de datos ubicados dentro del territorio nacional. Este tráfico, y el funcionamiento de la red y de plataformas tales como las redes sociales o los agentes de IA, tiene que estar regulado en función de la protección de los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos. Además, tendríamos que propugnar la instalación de un sistema de filtros que gestione el tráfico de datos con la red global de Internet y que impida la filtración indiscriminada de información crítica para la seguridad y la soberanía nacional hacia el exterior. Un ejemplo de este tipo de gestión nacional de la red de Internet que habría que estudiar es la red rusa Runet.

 

hoy N° 2127 23/09/2026