Las enseñanzas de la reconquista de Buenos Aires

12 de agosto de 2026

Días antes de que el 12 de agosto se cumplan 220 años de la derrota de la primera invasión inglesa a Buenos Aires, el entreguista Milei volvió a repetir, en una entrevista radial, que la alianza incondicional con Donald Trump es “la llave” para recuperar las Malvinas, y en otra muestra de subordinación al imperialismo inglés, permite que la petrolera israelí Navitas, socia del capital británico Rockhopper, siga explotando nuestros recursos en el Atlántico Sur. Mejor recordemos como fueron los hechos hace 220 años.

 

Una potencia que venía a “liberarnos”

A mediados de 1806, una escuadra de la Marina Real inglesa al mando del almirante Popham entró al Río de la Plata. El 25 de junio desembarcó cerca de Quilmes un ejército de más de 1.500 hombres comandados por el general Beresford. El virrey español Sobremonte huyó hacia Córdoba y los jefes militares, la Audiencia, el Cabildo y el obispo Lué capitularon casi sin resistencia. El 27 de junio, bajo la lluvia, las tropas británicas entraron a la Plaza Mayor de Buenos Aires y la bandera inglesa flameó sobre el Fuerte durante cuarenta y seis días. «Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno», escribió Mariano Moreno en sus Memorias al recordar aquella tarde.

Beresford, como hoy los imperialistas y sus socios locales, no venía a «liberar» a nadie. Ofreció respetar la propiedad -incluida la de los esclavos-, la religión católica y hasta la nacionalidad británica, a cambio de la libertad de comercio con Inglaterra y del juramento de lealtad al rey Jorge III. Escribe Eugenio Gastiazoro, director de nuestro semanario a lo largo de 40 años y fallecido en el 2022, que los invasores “se equivocaron totalmente cuando imaginaron que los pueblos los iban a recibir como sus liberadores, sometiéndose a su dominio o colocándose bajo su ‘protección’ por el plato de lentejas de su pregonada libertad de comercio” (Eugenio Gastiazoro, Historia Argentina, tomo I, Editorial Ágora, Buenos Aires, 1986, pág. 126).

 

El pueblo en armas

12 de agosto de 1806. Por las calles que conducen de Retiro a la Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de La Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea cuchillos en mano, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Desde las azoteas y balcones se hace fuego de fusil a las posiciones británicas en la plaza. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última resistencia.

Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos. En esas circunstancias llega Hilarión de la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán inglés lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española vuelva a ser enarbolada sobre la cima del Fuerte.

A las 3 de la tarde del 12 de agosto de 1806, el regimiento escocés 71 desfila por última vez en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Con sus banderas desplegadas sus integrantes marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe de los vencedores.

En tanto, el comodoro de la flota ingles Popham en el río, se dirige a bordo de la fragata “Leda” hacia el puerto de la Ensenada. Desde allí, después de destruir la batería española, emprende viaje hacia Montevideo, donde se reúne con el resto de su flota. Popham, pese a la derrota, no ha perdido sus esperanzas. Sabe que ya navegan, rumbo al Río de la Plata, nuevas fuerzas británicas.

Dos días después, el 14 de agosto, el pueblo volvió a movilizarse frente al Cabildo para exigir la destitución de Sobremonte, que pretendía reasumir el mando. “Es el pueblo, para asegurar su defensa, el que tiene autoridad para decidir quién habrá de gobernarlo”, proclamó el criollo Joaquín Campana en la asamblea. La multitud impuso a Liniers como jefe militar. Fue, señala Horacio Micucci en una nota en nuestro periódico a 210 años del 12 de agosto de 1806, la primera vez que el pueblo de Buenos Aires “ha ejercido su soberanía”.

De esa jornada nacieron las milicias populares -Patricios, Arribeños, Pardos y Morenos, entre otras-, con jefes elegidos democráticamente por sus propios integrantes, entre ellos jóvenes como Belgrano, Saavedra, French y Beruti. Esas milicias, forjadas en la lucha contra el invasor, serían decisivas para derrotar la segunda invasión inglesa en 1807 y constituirían, como recuerda Micucci, “la base militar de la Revolución de Mayo”: sin la unidad patriótica y popular de 1806 “no hubiera sido posible el 25 de mayo de 1810”.

 

La lección que incomoda a los entreguistas de hoy

Micucci advierte que estos hechos “han sido llevados al olvido por distintas políticas oficiales” y compara ese silencio con la desmalvinización practicada desde 1982: “se intenta enturbiar el pasado para evitar que se saquen conclusiones para hoy”. Y esas conclusiones son incómodas para quienes gobiernan de rodillas: que un pueblo oprimido y unido puede vencer a la potencia militar más poderosa de su tiempo, y que esa unidad -no la sumisión a un imperio “amigo”- es el único camino a la independencia.

El propio Micucci retrata a los responsables de la entrega: son “los gerentes de las políticas de entrega, miseria y sumisión nacional, del pago de la deuda externa ilegítima y fraudulenta”; los que “festejan la entrega del patrimonio nacional” y “disputan entre ellos por el tamaño de los trozos que sacarán de su rapiña”; los que “olvidan la justa causa de Malvinas” y “andan en turbias negociaciones que favorecen la ocupación colonial inglesa”; los “eternos defensores del Orden” y de “nuestra dependencia como país, de nuestra sumisión como Nación”.

Este texto, escrito antes de que Milei llegara a la Casa Rosada, ayuda a conocer en profundidad a un gobierno que entrega el petróleo y el litio a capitales extranjeros, subordina la política exterior a Trump con la mentira de que Washington nos va a “devolver” las Malvinas, al tiempo que desmantela la industria de defensa y pretende usar a las fuerzas armadas como represoras del pueblo que lucha contra esta política.

Hoy, como en 1806, no hace falta esperar la buena voluntad de ninguna potencia extranjera. Beresford no fue vencido por otro imperio que se apiadara de Buenos Aires, sino por el pueblo armado, movilizado y unido con los sectores patrióticos, civiles y militares, dispuestos a pelear. Esa misma unidad patriótica y popular, de las y los trabajadores y los sectores populares que vienen peleando contra el ajuste y la entrega, es hoy la única fuerza capaz de derrotar el plan de sometimiento de Milei, tal como hace 220 años derrotó a la primera invasión inglesa.

Las enseñanzas del 12 de agosto de 1806 siguen en pie: contra los que se entregan al invasor, la independencia se conquista con el pueblo en armas y en unidad.

 

hoy N° 2121 12/08/2026