En 1880, tras las masacres del pueblo paraguayo, de los pueblos originarios y de las rebeliones provinciales, la oligarquía argentina impuso su régimen con Julio Argentino Roca como presidente, consolidando la apropiación latifundista del suelo y su relación con el capitalismo europeo.
Con el lema de “paz y administración” (“rémington y empréstitos”, escribió Sarmiento), Roca inició “la obra de modernización” en función de los intereses latifundistas y del naciente imperialismo: fue “obra de un grupo reducido”, aunque el progreso se debió al trabajo de centenares de miles de nativos e inmigrantes que esquilaban, fecundaban los campos y tendían kilómetros de vías férreas.
Esa Argentina latifundista y dependiente sufrió su primera gran crisis en 1890: se resquebrajó el frente oligárquico por arriba, y comenzaron a hacerse sentir las nacientes fuerzas burguesas, pequeño burguesas y el joven proletariado.
La bronca crecía de abajo
Al finalizar su mandato en 1886, Roca había impuesto a su cuñado, Juárez Celman, como presidente. Juárez dio el “patadón histórico» a su “padrino» y, rodeándose de incondicionales, pretendió inaugurar la “era del juarismo» de una manera tan escandalosa que Leandro N. Alem llegó a decir: “Prefiero una vida modesta, autónoma, a una vida esplendorosa pero sometida a tutelaje».
Comenzó así a gestarse un amplio movimiento democrático, cuya ala más “radical» fue expresada por Alem. Surgió la Unión Cívica de la Juventud, presentada en un mitin el 1° de septiembre de 1889, que formaría un nuevo partido, la Unión Cívica, donde se acoplaron viejos políticos desechados por el régimen, los “mitristas». La participación de Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen y jóvenes hijos de la oligarquía muestra su amplitud, pero la falta de organización propia de los alemnistas sería fatal para su desarrollo y para el curso de la revolución en marcha.
Así se fueron dejando de lado las posiciones más radicalizadas, y la dirección militar terminó en manos de los mitristas, con el general Manuel Campos a la cabeza de la Junta (aceptando a Alem como presidente del gobierno provisional). Las crisis del gobierno de Juárez obligaron a acelerar los preparativos insurreccionales. Mitre salió oportunamente en viaje a Europa, y Roca y Pellegrini comenzaron a “despegarse” de Juárez, quien terminó aislado de los sostenes oligárquicos e imperialistas del régimen.
¡A las barricadas!
En la madrugada del 26 de julio, las fuerzas rebeldes se concentraron en el Parque de Artillería, frente a la Plaza Lavalle, donde hoy se levanta el edificio de Tribunales. Su jefe, el general Domingo Viejobueno, también había adherido. Centenares de civiles convergieron al lugar en busca de armas para construir nudos de resistencia en bocacalles, azoteas y esquinas, con barricadas y trincheras.
Desde sus cuarteles rumbearon hacia el Parque las unidades sublevadas -Ingenieros, los batallones 5, 9 y 10 de Infantería, cadetes del Colegio Militar-: algo más de 1.300 hombres, casi la mitad de las tropas de la Capital.
Para los alemnistas era necesario ocupar puntos claves de la ciudad y atacar a las fuerzas gubernistas en sus guarniciones, pero la dirección militar mitrista impuso la concentración defensiva en el Parque.
El gobierno, enterado del levantamiento, concentraba sus fuerzas en Retiro. A las 9 de la mañana avanzaron hasta la plaza Libertad, desde donde pretendieron asaltar las posiciones rebeldes, sólidamente aferradas a la plaza Lavalle. Una y otra vez los gubernistas fracasaron, con serias bajas, mientras la incorporación civil alcanzaba a miles.
Armisticio y rendición
Culminado el día 26, los rebeldes habían rechazado todos los ataques con escasas pérdidas, pero no avanzaban; los gubernistas, derrotados, mantenían su posición. Para los mitristas, la demostración estaba hecha. Roca y Pellegrini habían persuadido a Juárez de abandonar la ciudad «por razones de seguridad presidencial”, abriendo camino a su renuncia y sucesión por Pellegrini.
En la madrugada del 27 se convino un alto el fuego a instancias de Campos, quien arguyó escasez de municiones. Esto sembró confusión: hubo conatos de insubordinación contra un mando que los sumía en la derrota.
Terminado el armisticio, el 28, mientras continuaba el combate, los mitristas tramitaban la rendición. Los gubernistas habían recibido refuerzos del interior, lo que favoreció la capitulación: a las once del 29 ésta sobrevino.
Derrotada la insurrección, Roca y Pellegrini, exacerbando el chovinismo porteño contra “el burrito cordobés”, desplazaron del gobierno a Juárez Celman, lo que llevó a muchos cívicos a embanderar los comités. Alem, contemplando los emblemas, exclamó: “¿Acaso esto es un triunfo? ¡Crespones negros deberían poner!”, y continuó predicando: «El pueblo debe mantenerse de pie, porque la máquina gubernista sigue montada…”
Como escribiría José Mendía: “La gran enseñanza que nos da la historia de 1890 es que no basta mudar los gobernantes para cambiar los sistemas”. (Eugenio Gastiazoro: Historia argentina, tomo III, Editorial Ágora, 1986)
___________
El derecho a la rebelión
Juan Bautista Alberdi, expresando la concepción oligárquica, sostenía: “una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto del país coloque en la silla difícil de la Presidencia, se le debe respetar con la obstinación ciega de la honradez, no como a un hombre, sino como a la persona pública del Presidente de la Nación”.
En cambio Alem, con su concepción democrática, plantearía: “Cuando un hombre está en el poder, necesita el consejo, el apoyo y el cariño de sus gobernados, que han de ser sus amigos, no sus vasallos; pero si ese hombre olvida que se debe al pueblo y no respeta derechos ni constituciones, el pueblo tiene la obligación de recordarle los deberes de la altura, e imponerle su soberanía, si no por la razón, ¡por la fuerza!”.
hoy N° 2118 22/07/2026
