No mudar de tiranos sin destruir la tiranía

7 de julio de 2026

Escribe Facundo Guerra

 

El término tiranía designa una forma de gobierno arbitraria, ilegítima o despótica, ejercida por una persona o un grupo en beneficio propio. En 1492, los conquistadores españoles llegaron al Caribe. Sin conocer el territorio ni a los pueblos que lo habitaban, declararon que esas tierras pasaban a pertenecer al rey de España. A partir de entonces comenzó un proceso de conquista, despojo y violencia que, durante tres siglos, ensangrentó al continente originario mediante el saqueo de sus riquezas y el sometimiento de sus pueblos. Frente a esa dominación, los pueblos originarios resistieron y se levantaron una y otra vez. En la gran insurrección de 1780, Túpac Amaru II llamó a poner fin al gobierno tiránico, denunció a los «idólatras del oro y la plata» y proclamó que «los indios no nacimos esclavos, sino libres».

 

La gloriosa insurrección

En 1810 estalló la Revolución de Mayo contra el poder colonial español. Castelli en el Cabildo del 22 de mayo sostuvo: “Los derechos de los pueblos no se mendigan, se conquistan”. Los ideólogos dominantes han buscado presentar la revolución como un debate protocolar, pero la imagen reducida del Cabildo tan fomentada en los actos escolares, esconde 14 años de guerra contra el colonizador, cientos de batallas, millones que dieron la vida para lograr la libertad. Sobre todo, los pueblos originarios del Alto Perú, los gauchos y criollos de Güemes y los afrodescendientes de Cuyo. Los olvidados, los nadie. Reflexionando sobre esto San Martín escribió: “Un día se sabrá que nuestra patria fue liberada por los pobres, y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros, que ya no volverán a ser esclavos de nadie”. Seguimos peleando por eso general.

 

La luz en medio de la noche

En 1815 la revolución atravesaba una situación crítica. Tras la derrota de Napoleón en la batalla de Waterloo, retornaban los reyes absolutistas como Fernando VII en España, decidido a restaurar su dominio sobre las colonias americanas. En el continente, habían sido aplastadas las revoluciones en México, Caracas, Quito, Nueva Granada y Chile, y el Ejército del Norte, al mando de Rondeau, había sufrido su peor derrota en Sipe-Sipe. Pero en medio de la noche, Artigas avanzaba con el Congreso de los Pueblos Libres, que declaró la independencia un año antes que la de Tucumán. Güemes y los caudillos originarios como Padilla y Azurduy resistían las invasiones de los realistas por el norte con la guerra de guerrillas y se levantaba en Cuyo el Ejército de Los Andes. Ante los agoreros de la derrota, la corriente combativa presionaba para declarar la independencia y avanzar en el plan liberador.

 

Independientes de toda potencia extranjera

El 24 de marzo de 1816, como si fuera una paradoja histórica por la fecha, comienza a sesionar el Congreso de Tucumán. El Congreso ubicado lejos del poder de la élite porteña (San Martín propuso que la capital del nuevo gobierno estuviera en Córdoba), tenía entre sus objetivos declarar la independencia y definir una forma de gobierno. Belgrano propuso establecer una monarquía dirigida por los descendientes de los incas. No eran palabras al aire, buscaba a parientes de Túpac Amaru. El 9 de julio se firmó la declaración de independencia de España, y el día 19, en sesión secreta se agregó la fórmula “y de toda otra dominación extranjera”, cerrando el paso a los invertebrados de la dependencia. El Congreso no fue solo una declaración política: terminó de otorgar el respaldo central (en soldados y recursos) al plan continental de San Martín, con la creación del Ejército de los Andes, un ejército interterritorial e intersectorial, compuesto por argentinos, chilenos, originarios y afrodescendientes. También esbozó la posibilidad de un gobierno de Provincias Unidas del Sur, anticipando la propuesta de Patria Grande impulsada por Bolívar.

 

Nueva dependencia, nueva tiranía

La izquierda de Mayo tenía un proyecto de nación verdaderamente independiente. “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, pensaba San Martín, soñando una independencia de toda dominación extranjera. Una nación que fomentara la industria y distribuyera la tierra, como proponía Belgrano: “No exportemos cuero, sino zapatos.” Una Nación federal, sin esclavitud y con igualdad, donde “los más infelices sean los más privilegiados”, como sostenía Artigas. Sin embargo, ese proyecto integral fue derrotado por la élite oligárquica que se gestaba, que impidió el desarrollo de una nación verdaderamente soberana y moldeó el país sobre las bases del latifundio y la dependencia. Un proyecto de dependencia sustentado en la tiranía: en nuevos genocidios, nuevas masacres, golpes de estado.

 

Milei: tiranía y dependencia

No es casualidad que los gobiernos tiránicos fomenten y profundicen la dependencia. En última instancia, actúan como intermediarios de intereses extranjeros. Su desarrollo político y su enriquecimiento avanzan en proporción a la entrega de la soberanía. Estructuralmente son infames traidores a la patria. Desde esta perspectiva, Milei es un nuevo eslabón de la tiranía dependiente. Muestra de esto es la subordinación cipaya a Trump, la admiración antimalvinera a Thatcher o su alineamiento con el gobierno de Israel, al punto de asumir como propia la guerra genocida. No es solo una posición ideológica: es un proyecto político global de entrega y subordinación nacional que representa un salto cualitativo respecto de procesos anteriores. El RIGI y el Súper RIGI, no solo otorgan amplios beneficios comerciales e impositivos a los monopolios durante décadas. En conjunto con las reformas impulsadas sobre trabajo, ambiental y territorial, como las referidas a glaciares, tierras rurales y manejo del fuego, configuran pilares para una nueva etapa de declinación de la soberanía nacional. La admiración de Milei por la política de entrega de Menem, por el proyecto oligárquico de Roca, por el plan de Martínez de Hoz, esconde la aspiración de ser un nuevo Baltazar de Cisneros de una colonia estadounidense.

 

Hasta romper todas las cadenas

La dependencia penetra cada poro de nuestra sociedad: deforma la economía, llena los bolsillos de los poderosos de adentro y de afuera al tiempo que se agrava el hambre; saquea nuestras riquezas y busca colonizar nuestras mentes. A su vez, la tiranía garantiza mediante la fuerza y la represión el sistema dependiente. Sin romper las cadenas de la dependencia y sin terminar con la tiranía, no hay posibilidad de un país verdaderamente soberano. No hay posibilidad de independencia económica sin soberanía política, y no hay soberanía política sin una segunda independencia. No se trata de tiranos sueltos, se trata de terminar con la tiranía.  Tomemos en cuenta el presagio de Moreno y concluyamos el sueño de mayo: “si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía”.

 

Foto: Facsímil de la declaración de la independencia declarada por el Congreso de las Provincias Unidas en Sudamérica.

hoy N° 2116 07/07/2026