El 22 de enero de 1905, una marcha pacífica de trabajadores desarmados, liderada por el Padre Gapón, fue reprimida violentamente por las tropas zaristas en San Petersburgo. Pasó a la historia como el Domingo Sangriento.
En respuesta, se declararon gigantescas huelgas, levantamientos y motines, como el del acorazado Potemkim (inmortalizado por la película del cineasta soviético Serguéi Eisenstein), y por primera vez se formaron los soviets (consejos de trabajadores).
Como consecuencia de la lucha, el zar Nicolás II tuvo que crear una monarquía constitucional con una legislatura (la Duma) y libertades civiles limitadas.
A doce años del Domingo Sangriento, Lenin, quien a los pocos meses dirigiría la victoriosa Revolución de Octubre del 17, dio una conferencia analizando lo que era, para él “considerado con plena razón como el comienzo de la revolución rusa”.
Decía Lenin: “Millares de obreros, y de obreros no socialdemócratas, sino creyentes, súbditos leales, dirigidos por un sacerdote llamado Gapón, afluyen de todas las partes de la ciudad al centro de la capital, a la plaza del Palacio de Invierno, para entregar una petición al zar. Los obreros llevan iconos; su jefe de entonces, Gapón, se había dirigido al zar por escrito, garantizándole la seguridad personal y rogándole que se presentara ante el pueblo.
“Se llama a las tropas. Ulanos y cosacos se lanzan sobre la multitud con el sable desenvainado, ametrallan a los inermes obreros, que puestos de rodillas suplicaban a los cosacos que se les permitiera ver al zar. Según los partes policíacos, hubo más de mil muertos y de dos mil heridos. La indignación de los obreros era indescriptible. Tal es, en sus rasgos más generales, el cuadro del 22 de enero de 1905, del «Domingo Sangriento».
“Para que comprendan mejor la significación histórica de este acontecimiento, voy a leer algunos pasajes de la petición que formulaban los obreros. La petición comienza con estas palabras: «Nosotros, obreros, vecinos de Petersburgo, acudimos a Ti. Somos unos esclavos desgraciados y escarnecidos; el despotismo y la arbitrariedad nos abruman. Cuando se agotó nuestra paciencia, dejamos el trabajo y solicitamos de nuestros amos que nos diesen lo mínimo que la vida exige para no ser un martirio. Mas todo ha sido rechazado, tildado de ilegal por los fabricantes. Los miles y miles aquí reunidos, igual que todo el pueblo ruso, carecemos en absoluto de derechos humanos. Por culpa de Tus funcionarios estamos reducidos a la condición de esclavos».
“La petición exponía las siguientes reivindicaciones: amnistía, libertades públicas, salario normal, entrega gradual de la tierra al pueblo, convocatoria de una Asamblea Constituyente elegida en votación general e igual para todos, y terminaba con estas palabras: «¡Señor! ¡No niegues la ayuda a Tu pueblo! ¡Derriba el muro que se alza entre Ti y Tu pueblo! Dispón y júranoslo, que nuestros ruegos sean cumplidos, y harás la felicidad de Rusia; si no lo haces, estamos dispuestos a morir aquí mismo. Sólo tenemos dos caminos: la libertad y la felicidad o la tumba».
“Cuando leemos ahora esta petición de obreros sin instrucción, analfabetos, dirigidos por un sacerdote patriarcal, experimentamos un sentimiento extraño. Impónese el paralelo entre esa ingenua petición y las actuales resoluciones de paz de los socialpacifistas, es decir, de gentes que quieren ser socialistas, pero que en realidad no son sino simples charlatanes burgueses. “Los obreros no conscientes de la Rusia prerrevolucionaria no sabían que el zar es el jefe de la clase dominante, de la clase de los grandes terratenientes, ligados ya por miles de vínculos a la gran burguesía y dispuestos a defender por toda clase de medios violentos su monopolio, sus privilegios y granjerías. Los socialpacifistas de hoy día, que -¡dicho sea sin chanzas!- quieren parecer personas «muy cultas», no saben que esperar una paz «democrática» de los gobiernos burgueses, que sostienen una guerra imperialista rapaz, es tan estúpido como la idea de que el sanguinario zar pueda ser inclinado a las reformas democráticas mediante peticiones pacíficas.
“A pesar de todo, la gran diferencia que media entre ellos estriba en que los socialpacifistas de hoy día son en gran medida hipócritas, que, mediante tímidas insinuaciones, tratan de apartar al pueblo de la lucha revolucionaria, mientras que los incultos obreros rusos de la Rusia prerrevolucionaria demostraron con hechos que eran hombres sinceros en los que por vez primera despertaba la conciencia política.
“Y precisamente en ese despertar de la conciencia política en inmensas masas populares, que se lanzan a la lucha revolucionaria, estriba la significación histórica del 22 de enero de 1905”.
hoy N° 2093 21/01/2026
