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28 de enero de 2026

Doble discurso y ajuste en la cultura

Milei en Jesús María

“Marchemos, gritemos, protestemos… que cuando se escriba la historia de este tiempo que nos tocó vivir, se sepa que no estuvimos de acuerdo…” Raul G. Tuñón

 

Milei ha expresado en reiteradas declaraciones que el dinero del Estado destinado a subsidiar grandes festivales es “en detrimento de los argentinos”. Bajo el discurso de “no hay plata”, su gobierno avanza en el desfinanciamiento de la cultura, la educación y la ciencia. Sus leyes y políticas apuntan en esa dirección como parte de un proceso más amplio de desguace y entrega nacional.

Sin embargo, lo ocurrido en el Festival de Jesús María, Córdoba, festival subsidiado por el Estado -con Milei cantando a dúo junto al artista, empresario y terrateniente Chaqueño Palavecino- expuso de manera demagógica su doble discurso: mientras se recortan y vacían las políticas culturales que pueden llegar al pueblo, se utiliza aquello mismo que superficialmente se ataca. Así, se desfinancian instituciones que promueven el arte nacional -como los institutos-, expresiones culturales que forman parte de la conciencia histórica del pueblo argentino y que constituyen, además, un componente estructural de una economía que busca su independencia definitiva.

Cabe aclarar que no todo lo sucedido en Jesús María se reduce a lo mostrado sobre el escenario con el artista empresario. Hubo malestar por la presencia del presidente y no todos los espectadores avalaron su visita, de hecho arrojaron cosas cuando caminaba entre la gente. Muchos se reservaron su opinión. Hubo pronunciamientos públicos en solidaridad con los incendios en Chubut sobre el escenario y críticas al presidente del Dúo Coplanacu. Lo que dejó en evidencia que el festival no fue un espacio políticamente homogéneo. También, Cardinali, intendente de Cosquín, dijo que allí no hay lugar para quienes están en contra de nuestra cultura.

El festival de Jesús María es, además, el eco de distintos sectores de la economía, la producción rural y del Estado cordobés: pequeños y grandes chacareros, productores medianos y grandes terratenientes. Sectores que en los últimos tiempos han manifestado diferencias con el gobierno, en particular por lo referido a las retenciones y la puja por el ingreso de divisas que el Ejecutivo necesita para cumplir con su tributo al imperialismo, encarnado en el FMI y otros. También es vidriera de los lineamientos y disputas en las clases dominantes, cómo se expresan en los armados de los palcos oficiales del evento: Milei, Los Menem, Bornoroni, sus presencias y sus ausencias.

Pero Jesús María también es escenario y vidriera para un público masivo que vive y trabaja el campo: peones, empleados rurales, arrieros y encargados de campos, que sostienen en su vida cotidiana las tradiciones y la cultura gaucha, cultura que entraña las relaciones de trabajo históricas y modernas del sector. Son argentinas y argentinos que representan las clases explotadas y semi explotadas del ámbito rural. Para ellos también va dirigido este mensaje de doble moral: no el de los gauchos rebeldes como Quiroga, Peñaloza o Güemes, sino un nuevo tradicionalismo superfluo vaciado de contenido histórico, encarnado en figuras como el señor Palavecino, compartiendo escenario con un presidente que desprecia la cultura popular y su pueblo. Pero, que la odie no implica que no la use.

De ahí la apropiación -o el robo- cultural, una práctica histórica de las clases dominantes. Así como los libertarios se apropiaron de la palabra “libertad”, despojándose de su sentido emancipador: la libertad que Paul Éluard inmortalizó en su poema contra el nazismo y la que, para nosotros, es el grito sagrado contra el colonialismo: “Libertad, libertad, libertad”.

Las condiciones materiales para la lucha contra la entrega de la patria madurarán, y también las condiciones morales: la esperanza organizada. Por eso la cultura —y los escenarios donde se la utiliza— es un territorio hostil en permanente disputa. Allí también se expresa la batalla, en mayor o menor medida. No hay que subestimar que la hegemonía, que la sartén por el mango, sigue estando en manos de los poderosos.

Por eso resulta clave distinguir las disputas del mainstream, en los grandes escenarios y espectáculos masivos -como los recitales de Lali Espósito o el propio Jesús María- del arte popular que late en los territorios, donde habita el verdadero batallón cultural. Allí donde trabajan artistas que no acceden a esos eventos, como la Orquesta Escuela infanto juvenil de la propia Jesús María, que nunca pudo subir a ese gran escenario en su propio pueblo. Trabajadores y trabajadoras de la cultura a quienes el Estado de clase reduce a espectadores pasivos, de los recortes de redes “sociales”.

He aquí, en esto último, la importancia de la labor comunicacional: otro gran arte popular de nuestro tiempo. El audiovisual, los medios populares, el periodismo militante, las nuevas formas de intervención de influencers, youtubers y streamers que son hoy herramientas centrales para disputar sentido político y cultural en territorio enemigo. Ellos comunican que no todo es como se lo presenta y para afirmar que, en la cultura, quienes luchamos por la verdadera libertad, avanzamos -poco a poco, golpe a golpe- abriéndonos camino. El martillo verdugo de las cadenas nacerá del corazón de aquellos hombres que son y han sido alguna vez, un niño arriero.

 

Corresponsal

hoy N° 2094 28/01/2026