Noticias

12 de abril de 2026

En vez de promover la denuncia promueven el silencio

Desde la experiencia compartida con el movimiento de mujeres, y habiendo sido querellante en numerosos casos de femicidio en nuestra provincia de Jujuy -siendo la mayoría de las víctimas madres- podemos afirmar que  las mujeres no mintieron sobre la existencia de violencia machista. No mintieron si denunciaron y callaron si no lo hicieron.

Tamara Fierro no había denunciado a su femicida. Pero en el juicio oral supimos que ya había intentado  drogarla para abusarla sexualmente. La violencia estaba. El sistema no llegó.

Nahir Mamani denunció. Y aun así, fue ignorada. Incluso terminó detenida ella cuando pudo defenderse, mientras la primera agresión no fue dimensionada. Después, esa violencia se repitió hasta matarla.

Alejandra Oscari padeció violencia extrema desde la infancia. Hubo denuncia de una vecina, hubo pruebas. Aun así, fue mantenida en ese entorno enseñándole el propio Estado que la violencia era “natural”. El agresor, su padrastro, que debía ser apartado fue quien finalmente la asesinó.

Rita Soruco creció en un contexto de sometimiento. Fue una niña sirvienta, marcada por relaciones de dependencia y dominación que continuaron cuando ya estaba en pareja con Juárez, el hijo de su “madre de crianza”. La asesinaron cuando intentó salir de ese lugar y construir su propia vida y mejorar la de sus hijos.

Georgina Vera ya había sido atacada por Yucra. No fue un hecho aislado. La violencia escaló hasta el ataque final que terminó con su vida. Igual ocurrió con Andrea Bellido.

Marina Patagua y Zulma Valencia denunciaron. Sus agresores estuvieron detenidos. Y aun así fueron liberados, pese al riesgo concreto. Ese riesgo se convirtió en muerte y en prisión perpetua de los responsables  que no devuelve sus vidas. Romina Aramayo, Alejandra Álvarez y Camila Peñalva no denunciaron  pero la violencia también estaba.

No es cierto que el problema sean las denuncias falsas, y lo decimos con cientos de nombres propios, uno por día podemos nombrar, porque una mujer es asesinada en ese lapso en nuestro país por el hecho de ser mujer.

El problema es qué se hace —o qué no se hace— cuando la violencia aparece, o incluso la desaparición como en el caso de Iara Rueda.

A veces hubo denuncia, y no hubo respuesta eficaz.

A veces no hubo denuncia, pero la violencia era visible, conocida, advertida y naturalizada.

Entonces la pregunta es ¿Necesitamos endurecer la pena para la falsa denuncia o necesitamos promover las denuncias? Si la falsa denuncia ya existe tipificada,  el aumento de pena es solo una propaganda para intimidar y lograr extender el silencio.

Hoy se intenta instalar que la perspectiva de género es un problema. Que es un exceso y un cuco. Al mismo tiempo, se pretende invertir los roles: presentar a los violentos como víctimas y a quienes denuncian como sospechosas.

Pero hay algo que no pueden borrar: la sangre derramada de nuestras mujeres -hijas, madres, hermanas- no es un discurso. Es nuestro dolor. Es una herida abierta que no admite negacionismos ni retrocesos.

Esa sangre no legitima impunidades posibles.

Y las infancias que soportan en silencio en la mayoría de  los casos el abuso sexual tampoco legitiman más silencio. La develación del calvario solo legitima maternidades valientes que ahora deben ser aún más valientes y sumar aún más contra-corriente

Hoy, frente a cada intento de instalar discursos que buscan desacreditar, minimizar o callar, la  memoria y  el derecho a la vida y una infancia libres de violencias se vuelven fuerza.

No vamos a callarnos.

No vamos a aceptar que se imponga otra vez el silencio con pedófilos y misóginos que hicieron pie en este gobierno.

Porque cuando el silencio avanza, la violencia también. Y termina en muerte… porque el machismo mata.

 

Escribe Mariana Vargas

Foto: Jujuy, con fotos de las víctimas de femicidio