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15 de octubre de 2014

Campos anegados y cuantiosas pérdidas. Las lluvias de las últimas semanas, según estimaciones oficiales, habrían afectado ya a 3 millones de hectáreas y comprometido a más de cincuenta partidos de la provincia de Buenos Aires.

El drama de las inundaciones

Una historia que se repite agravada

Las lluvias y las grandes sequías, que afectan no sólo la producción agropecuaria sino también a poblaciones enteras, son algo recurrente porque nunca se ha dado prioridad a las obras necesarias (como es el caso de las obras del Bermejo, que se vienen discutiendo desde la época de Rivadavia) o porque cuando se realizan algunas obras se lo hace con el criterio terrateniente (como ha ocurrido con los canales en la provincia de Buenos Aires y en otras regiones).
Del tomo III de la Historia Argentina, de Eugenio Gastiazoro, extractamos estos párrafos referidos al tema (págs. 93-96), que en lo fundamental conservan su vigencia,  como se mantiene el latifundio y la dependencia subyacentes.
 
Historia de un drama repetido
Ya en 1884 Florentino Ameghino planteó, en relación a las secas e inundaciones que lo que hay que hacer son obras de retención y no de desagüe, en un artículo publicado por el diario La Prensa del 16 de mayo.
Ameghino era entonces maestro de escuela en la ciudad bonaerense de Mercedes y no había cumplido aún 30 años. Pero por sus estudios y conocimiento de la zona había llegado a la conclusión de que los trabajos de canalización que se discutían entonces, supuestamente para evitar las inundaciones, sin tener en cuenta el problema de las sequías, ocasionarían “probablemente más perjuicio que beneficio”. Y añadía: “Si hoy nos ahogamos por excesiva abundancia de agua, mañana nos moriremos de sed”.
Ameghino subrayaba además que no necesariamente los canales alcanzarían para neutralizar el efecto de precipitaciones realmente excepcionales. Señaló a este respecto que las aguas excedentes corren con lentitud, pero si se canaliza, se precipitarán a los cauces de los ríos con gran velocidad. Esto puede determinar, en definitiva, que los canales se desborden con mayor rapidez y causen daños aún mayores en los lugares bajos.
Con referencia a la incidencia que tendría el rápido desagüe en el agravamiento de las sequías, el estudioso destacaba que, al dirigir las aguas aceleradamente hacia el mar, se reduciría el volumen de infiltración, la menor humedad produciría menos cantidad de vapores y disminuirían consecuentemente las lluvias y el rocío. Habría sequías más intensas a intervalos menos largos, descenso y disminución de la vegetación a causa de la pérdida de cantidades importantes de semillas y tierra vegetal que serían arrasadas por las aguas.
Ameghino describió con claridad el origen de la progresiva reducción del manto fértil de la pampa bonaerense. Explicó que el proceso se había desencadenado a partir de la destrucción de los inmensos pajonales que cubrían la llanura. Esos pajonales impedían en gran medida la acción destructiva de las lluvias, retenían en el suelo gran parte de la humedad y preservaban así la tierra de la erosión. No es que el naturalista fuera enemigo de reemplazar esa vegetación por pasturas más apropiadas para la ganadería, sino que sostenía que la sustitución debía ser acompañada por la plantación de árboles en gran escala. Por ello aconsejaba: “cubrir la pampa bonaerense de represas, estanques y lagunas artificiales, combinadas con canales y plantaciones de arboledas”. Y concluía:
“Vastas zonas de terrenos anegadizos serían entonces aprovechables: los terrenos altos expuestos ahora a las grandes secas estarían sembrados de numerosas lagunas de agua permanente de modo que nunca se sintiera su escasez; las aguas de los puntos elevados en vez de precipitarse en los bajos se reunirían en depósitos artificiales de donde se infiltrarían en el terreno poco a poco fertilizando los campos circunvecinos en vez de desaparecer tan rápidamente como ahora sucede, y por medio de canales de irrigación podrían ser aprovechables para la agricultura; la mayor infiltración de las aguas y su constancia durante todo el año haría subir las vertientes que serían igualmente más caudalosas de modo que los ríos y los arroyos en vez de disminuir el caudal de sus aguas como ahora sucede, lo aumentarían notablemente; la grandísima cantidad de agua reunida en estos estanques no presentaría una superficie bastante extensa para producir una evaporación extraordinaria en un corto espacio de tiempo, pero ello sería más regular durante todo el año, lo que juntamente con las arboledas haría que las precipitaciones acuosas, particularmente en forma de rocío, fueran más regulares como no lo son ahora, evitándose así tanto los períodos de intensa seca, como las inundaciones periódicas que actualmente son el azote de una parte considerable de la provincia”.
Pero el predominio de los intereses terratenientes hasta ahora ha impedido que se lleve a la práctica el plan que tan previsoramente planteara Florentino Ameghino, hace ya más de 100 años. Por el contrario, al recurrirse a la construcción de canales con el criterio terrateniente (con Marcelino Ugarte a principios del siglo actual [en 1910]) sucedió lo que ya alertaba Ameghino: se agravó el problema de las secas e inundaciones. Esto, y la irracionalidad en el uso del suelo que implica la persistencia del latifundio, ha hecho que estas catástrofes periódicas sean cada vez más desastrosas para las millones de hectáreas y las numerosas poblaciones, ya no sólo de la cuenca del río Salado sino de casi todo el centro y el sureste, y ahora también del noreste y oeste de la provincia de Buenos Aires [referencia de Gastiazoro al drama que se vivía entonces en la década de 1980].