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03 de octubre de 2010

El legado

Cuento dedicado a María Conti y Rafael Gigli

Francisco iba camino a la reunión pensando qué nombre po-nerse. No era una elección fácil porque los nombres que le gustaban ya habían sido elegidos por sus compañeros más cercanos y además no estaba muy seguro de la idea de elegirse otro nombre. Estaba a gusto con el que tenía, con ese nombre que su madre le había puesto en homenaje a su bisabuelo anarquista que había bajado del barco a principios de siglo, salvándose de milagro de que la Ley de Residencia lo expulsara como a un perro con tan sólo 19 años. Ese hombre, como él, se había llamado Francisco y le hubiera gustado conocerlo, oír de su boca los relatos de la guerra y del patriotismo arraigado que tenía, según contaban todos.
Por eso mismo sentía que su nombre tenía una historia, una consistencia y un legado. Llamarse de otro modo le parecía ingrato, casi como una traición a ese viejo que las fotografías pintaban delgado y de gruesos bigotes, siempre con una gorra oscura.
Sus compañeros le discutían sobre la importancia de tener un nombre de guerra y argumentaban sobre las medidas de seguridad, la vida clandestina, el funcionamiento del Partido pero a Francisco le costaba entenderlo: pero yo me llamo así, decía aferrado con uñas y dientes a su idea.
Era un militante joven y la vida partidaria lo cautivaba, por momentos creía que el partido era una panacea y por otros renegaba de todo pensando en que hubiera sido mejor poner una ferretería. ¡A quién no se le cruzó esa idea, pibe!, le decían sus compañeros, riéndose de esas contradicciones que también le eran propias a pesar de sus cuantiosos años de militancia. Ellos lo apreciaban, valoraban su empuje que a veces era más instintivo que fruto de un convencimiento rotundo.
Tiene buena tela el pibe, comentaba Hugo, que en realidad se llamaba José.
Sí, tiene cabeza de dirigente, le respondía Pedro que en verdad se llamaba Alberto.
En las marchas Francisco sentía una rara curiosidad ante esos hombres y mujeres que eran sus compañeros. Sólo conocía a unos pocos y esos pocos recibían su presencia con calurosas palmadas en el hombro, gestos que eran recibidos como una señal de pertenencia, el reconocimiento de no saberse solo. Observaba a esos militantes viejos, quizá fundadores, llevar las banderas, hablar en los actos, metidos con la gente, caminando los barrios y en lo más hondo de su admiración, a veces convertida en idealismo, quería ser como ellos.
En otras oportunidades, cuando quería dejar todo y ser ferretero, entraba en fuertes cuestionamientos porque no entendía cómo tal o cual había tenido una actitud que consideraba inapropiada.
Todos tenemos de mono y de tigre, pibe… son ideas, no es personal, vos tenés que discutirles la política, le decían sus compañeros. A Francisco todas esas discusiones le iban calando hondo, lo ayudaban a entender que la formación de un militante no era una tarea pasatista ni mucho menos mecánica.
Antes de llegar a la reunión, Francisco tenía que ir a recoger los diarios a la casa de Tania que en realidad se llamaba Ana, a la casa de esa militante que se las había arreglado para que el material circule en plena dictadura, arriesgando su pellejo en nombre de la revolución. Todos los jueves la mujer lo esperaba con una sonrisa en los labios y le entregaba el sobre, tan entera y convencida como treinta años atrás.
Llegó al lugar de la cita donde otros cuatro compañeros más lo esperaban para meterse de lleno en un acalorado debate electoral, puso el sobre con los diarios en la mesa mientras preparaba unos mates que a esa hora del día eran como un bálsamo. Después de un pin pon de comentarios sobre el clima, el partidazo que Estudiantes le terminó robando a River y lo rico que estaban los mates empezaron la reunión.
Como siempre, el debate co-menzaba con la lectura de la primera página del diario porque a la luz de la política se discute lo específico, como le había enseñado Hugo. Pero esta vez el diario ponía el acento en otra cosa y la noticia principal sonó como un látigo en la mejilla de los compañeros más viejos; todos se quedaron mudos, tragando saliva.
Después de unos minutos donde cada uno hojeaba el diario desordenadamente buscando una explicación, Hugo empezó a contar sobre la vida del compañero fallecido entre lloriqueos y tono de derrota. Una a una fueron brotando las anécdotas sobre esos militantes, sus convicciones y el trabajo de años en un Partido por el que habían dado la vida.
Francisco no los conocía pero se sintió conmocionado por la noticia y el nudo en la garganta de sus compañeros hablaba a las claras del valor de esas vidas y del peso de esas muertes. Empezó él a leer el diario en voz alta tras ofrecerse en vistas de que los otros no podían ni articular palabra.
Leía detenidamente cada frase como queriendo contemplar con su cabeza la importancia de la lucha de esa tal María Conti y de ese tal Rafael Gigli que al final de la nota eran nombrados como Josefina y Ferré. Pronunciar estos últimos nombres fue para Francisco un golpe seco en el pecho.
Esos nombres celosamente cuidados aparecían a la vista de todos los que quisiesen leer el diario: ahora María era Josefina y Rafael era Ferré, la muerte había terminado con la contradicción y la dualidad estaba dolorosamente resuelta.
Hugo empezó a relatar sobre la última vez que estuvo con el Flaco y los entretelones de esa reunión.
Francisco pensaba que Rafael era un buen nombre de guerra y que ninguno de sus compañeros cercanos se llamaba así.