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02 de octubre de 2010

De la sección homónima en Teoría y Política Nº° 19, de julio-septiembre de 1977, extractamos este pasaje del relato del camarada A. detenido y torturado en los orígenes de nuestro Partido, bajo la dictadura de Onganía.

La alegría de cumplir con el deber

Así se forja el PCR

A los 15 días [de producido el Cordobazo], caí, fue el 10 de junio de 1969. Me dio la impresión de que me seguían en el colectivo que tomé desde Once hasta la Boca. Me detuvieron por la Boca. Yo llevaba un portafolio con Nueva Hora [el periódico del PCR antecesor de hoy]. Me zafé y corrí, pero estaba tan cansado que no pude escapar. Me llevaron a una comisaría de la zona. Lo que más me preocupaba era una notita que llevaba encima, que podía identificar lo delicado de mi tarea en el Partido. Logré eliminar el papelito en un descuido del policía que me vigilaba. Cuando me deshice de esa notita y de otro papelito, me quedé tranquilo.
El primer interrogatorio en la comisaría fue sin golpes ni nada. Las preguntas de rigor y de dónde había sacado el paquete de Nueva Hora. Les dije que lo encontré en un colectivo y que me interesaba leer esas cosas. No me hicieron firmar ninguna declaración. Me llevaron al calabozo.
Al día siguiente, nuevo interrogatorio. Me preguntan si tengo antecedentes. Digo que no aunque sé que ya los han pedido a Coordinación Federal.
A las 20 hs me llamaron a la guardia y me dicen: “está en libertad”. Firmé el libro de salida, me devolvieron mis documentos y efectos personales. Cuando salí me flanquearon dos tipos y me secuestraron.
Cometí un error, pues cuando firmé debí haber pensado que podían estar esperándome afuera. Además era seguro que el Partido ya debía estar moviéndose para localizarme (así era, en efecto). Mi error más importante: cuando me flanquearon no valoré que era un secuestro, pensé “perdí, y me llevan a Coordinación”. Por eso no resistí. Después de todo lo que pasó y en vísperas del Primer Congreso consideraba tan grave este error que planteé no merecer ir al Congreso como invitado.
Allí, en concreto, debí haber resistido. Incluso el Partido ya había dado la directiva de gritar y forcejear frente a una detención.
Me metieron dentro de un Peugeot y me llevaron a Dock Sur. Eran cuatro tipos de civil. Había otro auto de apoyo. En el viaje me comenzaron a golpear. “Mejor cantá todo –me decían–, si no te vamos a dar con todo”. Estacionaron frente a una casilla y de allí retiraron algo. Al reiniciar la marcha me vendaron los ojos. Me dio la impresión de que volvíamos a la Capital. Fue casi una hora de marcha.
Me bajaron en un lugar, al lado de una ruta. Parecía un galpón. “Cantá –me decían– si no te la vamos a dar”. “No se nada”, les contestaba yo.
Durante todo el trayecto yo venía pensando en que me iban a torturar y que iba a ser posible resistir. Cuando me entraron al galpón ya tenía la certeza de que me la iban a dar con todo. Que no estaba ni en Coordina ni en una comisaría. Me desnudaron completamente y me pusieron sobre una mesada de mármol. Me ataron los pies y los brazos tirados para atrás. Comenzaron a picanearme y a golpearme en la planta de los pies con una cachiporra. Me preguntaban centralmente por mi domicilio clandestino. Me mencionaron mi viaje a Cuba y me preguntaban por el otro compañero con el que había viajado junto (que se quedó en la FJC). “Todos cantan –me decían– cantá”. Me insultaban todo el tiempo. Pararon un momento la tortura y caí al suelo. Estaba prácticamente destrozado. Me subieron de nuevo y siguieron la tortura toda la noche”.

TyP: ¿Qué pasaba entonces por tu cabeza?
A: Pensaba: ¿es justo morir? Sí, me contestaba a mí mismo, sin decir nada, porque la causa por la que luchamos implica esto. Por momentos deseaba que me pegaran un tiro para que “eso” se terminara. Pero a la vez, “eso” no se terminaba y había que seguir aguantando. Me decía a mi mismo: “si uno canta después es un muerto en vida, queda quebrado”.
Ellos también cometen errores. Uno de los torturadores exclamó medio desesperado durante la tortura: “cómo mierda aguanta este tipo, por qué carajo no canta”. Esto me infundió nuevas fuerzas.
Otra cosa que me daba fuerza: estaba seguro de que el Partido algo iba a hacer, que se iba a mover. Sufría un dolor terrible. Me surgía el deseo de seguir viviendo. Pensaba en la compañera con la que luego me casé (en ese entonces ya simpatizábamos aunque no éramos novios). Pensaba en volver a ver la gente. Y era conciente de que manejaba cosas importantes y que si cantaba era un desastre. Nunca se debe cantar.
Continuó la tortura sin control médico. Se hizo para ellos rutinaria. “Te vamos a pegar un tiro”, me dijeron. Nunca llegué a perder el conocimiento.
Cuando cesó la tortura era una piltrafa. Sentía una sed terrible. No recuerdo si mis brazos ya estaban paralizados. Ellos me vistieron. Me sacaron en auto, siempre vendados los ojos. Me llevaron a otro lugar, el viaje fue largo. El lugar parecía el fondo de una casa o de una comisaría. Me tuvieron tirado en un bañito todo el día. Estaba semiinconsciente. Me parecía tener los brazos atados, pero en realidad ya estaban paralizados, al igual que mis piernas.
Permanecí todo el día tirado en ese bañito. Volvieron varias veces a preguntarme si iba a cantar. Me volví a negar. “No se nada”, les dije nuevamente. A la noche me sacaron y me llevaron de nuevo, al parecer, al mismo lugar. Me tendieron vestido sobre la mesada y me golpearon. Se me replanteó la misma situación. Pensé: “si me vuelven a torturar tengo que seguir aguantando, ¿cómo voy a hacer para seguir aguantando?” Parecía que les faltaba la picana, o lo aparentaban, y que por eso no me la aplicaban.
Me tuvieron así allí a trompadas en la cabeza y en el cuerpo durante unas dos horas. No estaba atado. Me sacaron nuevamente. Intentaron meterme en el baúl del auto. Como no entraba, me tiraron en el asiento de atrás. “Te llevamos a un lugar –me dijeron– donde un especialista, un negro grandote, ése sí te va hacer mierda, con ese cantan todos”.
El viaje fue largo. Pensé que me tirarían a un arroyo para que me ahogase o que me pegarían un tiro. Deseé que me sacaran las vendas para ver el cielo por última vez. Cuando el auto se detuvo, me sacaron la venda, me devolvieron los efectos personales y me dejaron en la banquina de un camino secundario pero asfaltado. No lo podía creer. Cuando ví que se alejaban sentí una alegría terrible: había ganado, había pasado la prueba. No era conciente que tenía los brazos paralizados. Todo oscuro, de noche, llovía un poco. Esperé el amanecer. Hice rodillo para llegar hasta la ruta y que alguien me llevara. Grité. Vino un coche policial y me llevó al hospital. Les conté que la policía me había torturado. Me pusieron un agente de custodia en el hospital.
Muy buena la atención de la gente. Estuve allí 24 horas. Empecé a vivir el calor solidario de la gente. Notable el espíritu y la actitud solidaria. Yo tenía 5 de presión, estaba al borde de la muerte. Eso lo supe después. Mi riñón ya estaba paralizado. Me trasladaron a un instituto. Estuve tres meses internado, en rehabilitación. No era conciente de la gravedad de mi estado. No era conciente de que si no orinaba durante 10-15 días me iba a morir. Estaba con riñón artificial. Confiaba en que ese problema se me resolvería. Y lo del brazo, en definitiva, ya no tenía esa gravedad.
El personal médico, por encima de sus distintas posiciones políticas me atendía muy bien. Las enfermeras, todos, y sabiendo que había sido salvajemente torturado. Todo esto era también una actitud de la gente contra la dictadura. Yo estaba totalmente inválido. Extraordinaria la solidaridad del Partido, todo el tiempo había una guardia. Me emocionó un almacenero peronista que había ido a visitar a alguien al hospital donde yo estaba internado y que, enterado de mi caso, vino a verme y me ofreció su casa o cualquier otra ayuda que necesitara. Un matrimonio mayor se enteró por los diarios. Vino a verme al hospital. Puse toda mi voluntad en recuperarme. Cumplía estrictamente con todo lo ordenado por los médicos.
Esa solidaridad levanta la fe de un muerto. Me tocó y emocionó mucho, aunque esperaba solidaridad. Se daba sangre, se conseguía dinero, medicamentos. Yo estaba contento, no por haberle hecho un favor al Partido, no es eso, sino por haber cumplido con el deber. Aunque resulte doloroso y se sufra tanto, cantar es una traición al Partido, a la clase obrera, a los amigos. Es una obligación resistir.
Al salir del hospital, el Partido me alojó en una casa, aquí seguí viviendo esa atención y solidaridad extraordinarias. Participé en el Primer Congreso como invitado y, luego, el 1° de enero de 1970, recomencé la actividad en otro frente.

Esto es el PCR

A: Si esto se intenta dar como ejemplo implica una mayor responsabilidad para mí. Tengo que hacerme acreedor todos los días del honor que significa. Pues hay otros camaradas que vos sabés también han tenido la misma actitud ante la tortura feroz. Si me toca otra vez, tengo que volver a pasar por las mismas pruebas, por los mismos temores al dolor. Porque uno no se convierte en un superhombre ni en un héroe por haber resistido la tortura. Esto lo han hecho millones de héroes anónimos, y miles de casos cuyos nombres sí conocemos, en la historia de la lucha de la humanidad contra la explotación del hombre por el hombre, desde la lucha de los esclavos contra los esclavistas.
Hay otros camaradas que pasaron la tortura y luego una larga cárcel y allí libraron una lucha política en defensa del Partido contra otras líneas pequeñoburguesas. Y otros camaradas enfrentaron juicios públicos políticos. Y la camarada de Córdoba, María Eugenia Irazusta, que murió en la mesa de tortura de la dictadura videlista. Y el ejemplo de Gody Alvarez. Y de tantos otros camaradas. Bueno, esto es el PCR. Esto es lo esencial del PCR, lo que predomina en nuestro Partido. Y esto continúa y hereda las mejores tradiciones del movimiento comunista y revolucionario mundial y nacional.