Los años que vivimos nosotros fueron muy distintos a los de la juventud de ustedes. Estábamos en medio de la dictadura de Lanusse, no en medio de lo que fue la “borrachera alfonsinista”, ni la democracia de estos 15 años. Siendo estudiantes que salíamos a pelear contra el curso de ingreso, por ejemplo, era muy difícil hacer una marcha sin que hubiera represión, por lo tanto, así fuéramos 10, 20, 50, 100 –porque en todas las facultades empezamos siendo poquitos– cuando decidíamos salir a la calle, sabíamos que nos íbamos a enfrentar con la policía, que nos podían llevar presos, eso era parte de la lucha diaria…
Días de cárcel
…En el ‘76, a los pocos días del golpe, cambiaron los reglamentos carcelarios. Se pasó a un régimen mucho más riguroso, que establecía, por ejemplo, celdas cerradas, horarios de visita limitados, restricción de las lecturas, obligación de transitar, de las visitas a las celdas -o a cualquier otro lugar del penal- siempre con las manos atrás. Compañeras de Montoneros y del ERP, que partían de que afuera no había pasado nada, empezaron en la cárcel una resistencia al reglamento que consistía, fundamentalmente, en negarse a poner las manos atrás… Era equivocado creer que podrían lograrse en las cárceles condiciones más democráticas para los presos mientras afuera se mataban a cien compañeros por día. Creo que el error tenía como punto de partida el no ubicar los cambios de la situación a partir del golpe del 24 de marzo. Claro que, si muchas de ellas pensaban que el cambio no había sido para peor, porque el fascismo era Isabel Perón y no podía haber nada peor que ese gobierno peronista, era coherente la posición de resistencia al reglamento -que desde ya era fascista, al igual que todo el accionar de la dictadura- y el creer que se podía enfrentar y derrotarlo. Se decía que era indigno transitar con las manos atrás. Las compañeras sostuvieron esta medida mucho tiempo, no lograron cambiar el reglamento y significó un gran desgaste, un gran deterioro para las compañeras.
Nosotros teníamos como punto de referencia siempre lo de afuera, por eso pensábamos que no íbamos a cambiar un reglamento carcelario al margen de la lucha popular contra la dictadura… Estamos hablando de los años ‘76, ‘77, años de brutal represión, años en los que la clase obrera y el pueblo iban aprendiendo a resistir en las nuevas condiciones del fascismo. Teniendo siempre esto como referencia, nos parecía absurdo que la dignidad pasara por poner o no las manos atrás, cuando a Gody Álvarez, René Salamanca, Angelito Manfredi, Quebracho y cientos más los estaban torturando hasta morir por no entregar un solo secreto del partido… La dignidad sí era defender mis ideas, defender mis principios, no aceptar el chantaje, mantener la firmeza, siempre que las rejas eran la divisoria de aguas: el enemigo está de la reja para fuera, y, entre los que estamos adentro, a pesar de las discrepancias, hay que luchar por lograr la unidad, por ser solidarios…
No creerte el centro del universo
Entonces lo que es digno o indigno depende de dónde están tus puntos de referencia, porque creo que vos no te perdés nunca si tu punto de referencia está siempre en los que afuera están luchando, en los que están sufriendo la represión y resistiendo, en los que están peor que vos… En síntesis, lo peor es creerte el centro del universo y ubicarte como tal, desde ya que esto es un desastre siempre, pero en las situaciones límites me parece que es todavía peor. Durante esos años estuve convencida, y así lo dije hace poco, que ciertamente era un privilegio estar en la cárcel frente a lo que estaba pasando afuera, porque afuera el pueblo, mis camaradas, nuestras familias, todos los que intentan resistir a la dictadura, convivían con el terror y la muerte, con los secuestros y operativos diarios, el salir de las casas sin saber si se regresaría, o el acostarse a dormir pendiente de los ruidos de un posible operativo en medio de la noche… Esa era la vida afuera con una represión fascista sin igual en toda nuestra historia.
Yo siempre le decía a mi vieja cuando me venía a ver y no podía contener el llanto –mi vieja fue durante todos esos años un sostén invalorable, era mi cable a tierra; ella me traía las noticias que de afuera me mandaban los compañeros, compartíamos la alegría frente a una pequeña lucha o frente a un primer paro obrero; habíamos aprendido el “lenguaje mudo” para transmitirnos las noticias en el locutorio sin que el enemigo las grabara– “mami, vos me tenés, me estás mirando, ¿cuántas madres no tienen a los suyos?”, y ella me decía “tenés razón pero dejame llorar un rato”. No es que la quería convencer de que yo estaba de vacaciones, porque más vale que no era así, pero sí que había muchos que estaban peor, que por pensar y querer lo mismo que yo, ya no estaban… El ejemplo de ellos te da mucha fuerza, y la fuerza fundamental que te nutre día a día, año tras año, te la da la confianza en el Partido y tus camaradas, el saber que siguen la batalla, que mientras todo se disgrega y se disuelve tu Partido sigue firme, aprendiendo a combatir en las condiciones junto al pueblo.
Nosotros siempre hemos pensado que la cárcel es una trinchera de lucha más. Creo que también es una gran escuela, una escuela de vida en todos los sentidos. Nosotros no acordamos con pedir la opción para irnos del país. El pedido de opción era un derecho que tenían los presos políticos que estaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (que no tenían causas judiciales). Nunca pusimos la línea divisoria entre los que nos quedábamos y los que elegían irse, es decir, se exiliaban en algún país extranjero. Tampoco hoy ponemos ahí la divisoria. Pero sí reafirmamos lo que consideramos que fue una posición justa de nuestro Partido. Esta decisión tuvo que ver, entiendo, con dos cuestiones: una el estar dispuestos a seguir la misma suerte que los sectores más explotados y oprimidos de nuestro pueblo, y la otra, el ubicar la cárcel como una trinchera de lucha. Eran años de persecución no sólo a los dirigentes estudiantiles, sino y principalmente a los centenares de delegados obreros que habían constituido esos soviets de fábrica que tanto aterrorizaron a las clases dominantes. Y hay que preguntarse qué obrero podía llegar a su casa una noche y decir “mañana me rajo a París, porque la cosa se puso fulera”… Por eso, quedarse en el país, como hizo la dirección de nuestro Partido, era estar dispuestos a correr la misma suerte que el pueblo. Desde ya que esto no quiere decir que te entregás, ni que te servís en bandeja al enemigo, porque nosotros nunca nos entregamos, sino al revés, vas buscando las formas de la resistencia y la lucha junto al pueblo, y que el enemigo no pueda golpearte. En relación a otra cuestión, el hacer de las cárceles una trinchera de lucha, nosotros entendíamos que la cárcel es el mínimo “accidente” en la vida de un luchador popular, porque si vos decidís dar la vida por la revolución sabes que enfrentas un enemigo muy poderoso, por lo tanto vas a recibir golpes. Varias veces nos visitaban delegados del Tercer Cuerpo del Ejército y hasta el cónsul de Francia; me ofrecían, al igual que a varios compañeros nuestros, la visa firmada para que pidiera la opción y me fuera a Francia. Y yo pensaba “si quieren que me vaya, es porque en algo los jorobo quedándome en mi país… y creo que eso por sí solo ya es motivo para quedarme. El pensar en estos términos, qué los perjudica y qué los beneficia a ellos, no pensar tanto en tu cuero, ni en un día más o menos en la cárcel, sino buscar hacer siempre, por más pequeño que parezca, lo que los perjudica; así, creo, en algo aportás a la lucha principal, que es la que llevaba adelante el pueblo, en las fábricas, el campo o las aulas, o las Madres en la Plaza, contra la dictadura. Esta fue la guía en muchos momentos en la cárcel, cuando a veces no podíamos pedir la opinión de la dirección del Partido, porque por supuesto que es el Partido afuera el que dirige y decide, y no los presos en las cárceles, que siempre tienen una visión parcial, unilateral de la realidad.
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No hacer nada que le sirva al enemigo
Cuando vino el período en las cárceles de las llamadas Juntas Interdisciplinarias, verdaderos tribunales frente a los cuales te interrogaban y te pedían que firmaras distintos tipos de declaraciones, también fue nuestra guía: tanta insistencia en que firmáramos aunque sea un papel que dijera “soy inocente”, de algo les tenía que servir, y nosotros no íbamos a hacer nada que los ayudara o les sirviera a ellos. Claro que después vas descubriendo que no les importaba tanto qué es lo que firmabas, sino que lograran arrancarte algo en función de chantajearte con la libertad, porque en el momento que lograran que vos les des algo, es que te empezaron a quebrar, porque algo han fisurado y comprueban que te pueden chantajear. Por eso te dicen “la libertad depende de usted; si firma este papel puede salir, etc.” y así te ponen todo al revés y te miden hasta dónde pueden horadarte, fisurarte. Ese es su objetivo. No lo lograron con los compañeros de nuestro Partido, ni con muchos de los compañeros de otras organizaciones y luchadores sin partido. Hubo una mayoría de presos en la cárcel de Devoto que no aceptaron el chantaje, que no firmaron nada. Creo que en cada momento se puede valorar que la cárcel es también una trinchera de lucha, de resistencia a la dictadura.
hoy N° 2100 11/03/2026

