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10 de abril de 2013

Crónica de una experiencia de un  grupo de voluntarios  en Villa Elvira, uno  de los barrios más hambreados de   La Plata, donde la   falta de techo y trabajo son de siempre.

La inundación en Villa Elvira

Experiencia de voluntarios en uno de los barrios más pobres de La Plata

Son las tres de la tarde del sábado. Somos más de un centenar de personas en la vereda de calle 47 (donde está Ingeniería). No paran de llegar vehículos con donaciones, descargan –en algunos casos cargan- y vuelven a salir a un nuevo destino. Carolina, la chica que coordina los grupos dice “ustedes, ¿están listos? Vienen ya dos autos para llevarlos hasta el barrio. Para volver no los esperan.”

Son las tres de la tarde del sábado. Somos más de un centenar de personas en la vereda de calle 47 (donde está Ingeniería). No paran de llegar vehículos con donaciones, descargan –en algunos casos cargan- y vuelven a salir a un nuevo destino. Carolina, la chica que coordina los grupos dice “ustedes, ¿están listos? Vienen ya dos autos para llevarlos hasta el barrio. Para volver no los esperan.”
Se arma la brigada, un grupo de doce pibes se divide en dos: una parte viaja en un Renault 12 al que su parte trasera casi toca el piso. Otro grupo nos subimos a una camioneta Volkswagen (una Vans de los 80).
Nos vamos presentando: todos, menos quien escribe, tienen entre 19 y veinteipico. ¿De dónde son? “De acá, de La Plata”, “de Capital”, contesta otra parte del grupo. ¿Y cómo llegaron acá?: “A mí me dijo un amigo que trabaja en el Zoológico”, dice uno respondiendo también por su novia. Los dos chicos de Capital junto con las chicas de La Plata: “nosotros fuimos primero al Pasaje Dardo Rocha”. Se miran y se tientan de la risa. “Lo que pasa es que nos quisieron poner las pecheras de la Municipalidad, para la foto, viste… y yo no le voy a hacer campaña a Bruera”. “Sí, y de camino nos robaron”, cuenta uno de los pibes –con risas, minimizando su problema porque el drama de otros es más grande-, “pero el ladrón era bueno, me llevó la plata, le pedí los documentos y la SUBE y me dejó la billetera”. Risas otra vez.
¿Y cómo llegaron a Ingeniería?, se repite la pregunta. “Pará, que después fuimos a Periodismo”, aclara una efusiva, “¡y nos quisieron poner la pechera de La Cámpora!”. Risas otra vez. Otra de las chicas, más seria, aclara: “Cuando le dije al tipo, yo eso no me lo pongo, nos dijo que nos fuéramos, que esto lo organizaba La Cámpora”. “Pero había gente que quería ayudar, y se la ponía igual”, agrega otro de los de Capital. “Sí, la gente quería ayudar”.

Llegamos al barrio
Después de un largo vericueto de calles y atajos –a esa altura de la ciudad, la cuadrícula de La Plata ya se desarma toda-, llegamos a la calle 96 entre 11 y 12, al costado del arroyo Maldonado.
La barriada es de construcciones de madera y chapa. El barro de las calles y zanjas está todavía fresco, tenemos temor de quedar empantanados. Llegamos. Descargamos la mercadería, no hay tiempo para presentarse entre los recién llegados y los vecinos. Cientos de mujeres desfilan por los tablones sobre los que se exhibe ropa doblada, seleccionan lo necesario y pasan hacia otro tablón, donde buscan el talle o número de calzado que precisan. A continuación llega una camioneta con alimentos y colchones, se arma una cadena donde nos vamos pasando de mano en mano. Después llega otra, y así durante varios minutos. Cuando se termina de descargar todo, un joven (que venía en el Renault 12) me dice “amiga, ¿vamos pues a ver cómo están las casas?”: es un estudiante de Puerto Rico que llegó hace unos días para entrar en Medicina. No sé su nombre. El “puertorriqueño” se pone al frente de la brigada, y con él, los once como “hermanitos” vamos visitando las casas (o lo que quedaron de ellas).
Un par de casillas, al costado del arroyo Maldonado (derivación del Río Matanza), con todas sus pertenencias afuera, la gente limpia lo poco que les quedó. “¿amigo, venimos a ayudarlo”, insiste el puertorriqueño. “Gracias, ya nos vamos acomodando, ya limpiamos todo”, dicen en la primera casa. “Allá hay colchones, comida, ¿quieren que les acarreemos lo que necesitan?”, pregunta una de las chicas. “No gracias, ya fuimos a buscar. Muchas gracias”, contesta una mujer. Así vamos pasando de casa en casa.
En una nos arremangamos a hacer pasamano de escombros para hacer un pastón (varias de las casas el piso es de tierra y adentro es todavía fango). Terminamos nuestra labor y seguimos.
Golpeamos las manos en la casa de Amelia. Amelia no quiere hablar, “gracias chicos, pero no, yo lo limpio”. La miro a los ojos a Amelia, y se le llenan de lágrimas. “Amelia, podemos ayudarte a limpiar tu casa, acarrear mercadería”. Amelia nos invita a pasar. Las paredes son celestes color del cielo; pero a dos metros del piso, el cielo, lo que logró conseguir limpiando casas, se le puso oscuro. “Estaba todo oscuro esa noche, se escuchaban los gritos”.
Amelia en una mesita armó un altar: un televisor LCD desarmado, una notebook, la playstation y la estampa de Jesús, secándolos con un ventilador.
Me invita a pasar a su dormitorio que no es celeste color cielo sino de maderitas que dejan ver el cielo y el arroyo. Está todo húmedo, más que sus ojos: “yo tengo mucha fe, pero esta vez no sé si me voy a poder”. Nos abrazamos. Como si todos estuviéramos sincronizados con la situación: llegan tres estudiantes de Medicina, le miden la presión. “La tenés un poquito alta, ¿sos hipertensa?”, le preguntan. “No sé”, contesta. Los chicos de Capital le traen dos colchones y una bolsa con comida. “Gracias, chicos”. “Hasta luego, Amelia”.

Zapatillas número 46
Una señora de unos cincuenta y pico nos pregunta “chicos, tienen zapatillas número 46?”, “¿revisó allá, señora?”, responde una de las chicas. “Sí, pero no consigo en ninguna parte querida… mi hijo perdió dos pares, una que se las llevó el agua y el otro par que se le salieron salvando vecinos. Yo le dije, no te las pongas, pero él me dijo: mami ¿y si me corto? Dicho y hecho, perdió los dos pares”.
“¿Pudo conseguir, algo señora?”. “Sí, mija, si gracias a los estudiantes, ustedes son los primeros que llegaron acá. A lo de los… (nombra a un puntero K) no puedo ir a pedir, porque les dan a su gente. Fui a los del Ejército de Salvación y les daban solo a los que van a su comedor, pero a nosotros que no andamos en política nada. Por eso yo les agradezco chicos”. Después la mujer nos contó la historia de la familia que se llevó el arroyo, de los otros que salvó su hijo, de que caminaron hasta 90, hasta un club… “Chicos no se van a ir tarde de acá, miren que se pone bravo”.

Si le cuento a mi mamá no me lo va a creer
Seis y media de la tarde, decidimos emprender el regreso. El Renault 12 y la Van de los 80 que nos habían llevado hasta el barrio, se había vuelto para Ingeniería para llevar mercadería a otro barrio. Los doce “a gamba”. Emprendemos el retorno hasta la avenida 13 (unas extensas cuadras de tierra). “Si le cuento a mi mamá, no me lo va a creer adonde anduve”. “Sí, la mía me dijo no se te ocurra ir hasta Villa Elvira”. Todos rompieron a carcajadas. “Todo porque me dijo no vayas…”. Primer colectivo 202 que pasa, gritamos “somos voluntarios”; “suban”, dice el chofer. De ahí, intercambio de números de celulares, facebook, “¿venimos mañana a las tres?”. “Dale, en Ingeniería, nos vemos ahí”. Los chicos de Capital se despiden porque no saben si al día siguiente podrán volver. Llegamos a Ingeniería los que habíamos quedado de los doce: el portorriqueño, uno de Tolosa y la chica “de la mamá”. Ahí supimos, al finalizar la jornada, que las brigadas de estudiantes habían llegado en el día a cien lugares donde el Estado todavía no había ido.