Noticias

20 de mayo de 2015

La Revolución de Mayo de 1810 fue parte de un proceso continental. Desde México, pasando por Venezuela, Colombia, el Alto Perú, hasta el Río de la Plata, los pueblos dominados por España se alzaron por su libertad e independencia.

La Revolución de Mayo y la identidad nacional

Parte de una epopeya continental

La Revolución de Mayo de 1810 no fue un relámpago en cielo sereno ni un mero resultado de la invasión de España por los ejércitos franceses de Napoleón, aunque esto facilitara el accionar de los revolucionarios aquí, en la llamada Hispanoamérica. La Nación Argentina, como las demás naciones hermanas, fue gestada por heroicos levantamientos de originarios, negros y criollos contra la dominación colonial española en todos los lugares. En esta región en particular, desde el levantamiento de los originarios dirigidos por Tupac Amaru y Tupac Catari, en 1780, hasta las insurrecciones de Chuquisaca y La Paz, en 1809, todas sangrientamente reprimidas, pero que dejaron encendida la hoguera de la libertad, como gritó Domingo Murillo al pie de la horca. Y en el Río de la Plata, el rechazo y derrota en 1806 y en 1807 de las invasiones inglesas a Buenos Aires y la Banda Oriental del Uruguay.
El nacimiento de nuestras naciones, el surgimiento de los primeros gobiernos patrios, desde México al Río de la Plata, no fue la simple ocupación del “vacío institucional” dejado por la invasión napoleónica a España, como escribió el profesor Luis Alberto Romero. Existió una acción consciente germinada en las luchas concretas contra la dominación colonial española, en cuyo abono contribuyeron también de manera importante los ejemplos de la guerra de la independencia norteamericana de 1776 a 1783, de la Revolución Francesa iniciada en 1789 y de la gesta de los esclavos negros de Santo Domingo desde 1797 que llevó a la independencia de Haití en 1804. 
Quienes consideran que el 25 de Mayo es un “mito revolucionario”, por su falta de Programa, deberían por lo menos recordar el nombre del que fuera ocultado casi un siglo por las clases dominantes: Plan de operaciones que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra Libertad e Independencia, presentado a la Primera Junta el 30 de agosto de 1810, escrito por Mariano Moreno a partir de un esbozo de Manuel Belgrano.
“Se levanta a la faz de la tierra/ una nueva y gloriosa Nación”, decía ya la canción de Vicente López y Planes sancionada como Himno Nacional por la Asamblea General del 11 de mayo de 1813. Esto en la parte que dejó de ser cantada por decreto del oligárquico general Roca, de fecha 30 de marzo de 1900. Así como también decía: “Se conmueven del Inca las tumbas/ y en sus huesos revive el ardor/ lo que ve renovando a sus hijos/ de la Patria el antiguo esplendor”.
 
En la cuna de Marte (el dios de la guerra)
No es que el nacimiento de la Argentina, como el de las otras naciones hermanas, fuera sencillo y sin dolor. La gestación de nuestras naciones costó años de lucha y de sangre de miles de originarios, negros y criollos, y su nacimiento tuvo que ser defendido durante los 14 largos años de la guerra de la independencia, en la que jugó un papel destacado el General San Martín, hasta la derrota definitiva de los colonialistas españoles en 1824, en los campos de Junín y Ayacucho, por los ejércitos patrios reunidos bajo la dirección de Simón Bolívar.
La lucha común y la unidad antiespañola de nuestros pueblos permitieron ese triunfo. Pero no todos los dirigentes patrios tenían una unidad de miras sobre qué tipo de país construir y menos sobre cuáles eran las clases principales en quienes apoyarse para lograrlo. La clase obrera prácticamente no existía y los embriones de burguesía eran débiles. Esos dirigentes, entonces, oscilaban entre apoyarse en las masas campesinas y populares levantadas a la lucha por la revolución y las llamadas “clases cultas”: los grandes terratenientes y mercaderes, que querían asegurar su dominio preservando el orden feudal y asociándose con el capitalismo en ascenso en Europa. Lo que se expresó en la llamada “máscara de Fernando” (ver recuadro).
“En la guerra de emancipación nacional convergieron las masas campesinas, sobre todo indígenas, que protagonizaron los heroicos levantamientos del Alto Perú, del noroeste y del noreste argentinos, del Paraguay y del Uruguay; los sectores rurales y urbanos criollos democráticos y antifeudales, como los expresados por Murillo en Bolivia, Gaspar de Francia en Paraguay, Artigas en Uruguay y Moreno, Castelli, Belgrano y Vieytes en Argentina; y además, los sectores de la aristocracia terrateniente criolla que, acordando en la lucha por la independencia de España, lo hacían defendiendo sus privilegios de clase y, por lo tanto, oponiéndose al desarrollo de los elementos democráticos, antifeudales y populares. (…)
“Pese a las múltiples disensiones internas –por la heterogeneidad de los componentes del frente antiespañol–, la decisión de los pueblos de defender la libertad con las armas en la mano permitió la continuidad de la guerra emancipadora. Permitió, además, que se utilizaran a favor de la independencia de nuestros países las disputas entre las distintas potencias europeas que, junto a la sublevación del pueblo español, jugaron un papel importante en el debilitamiento del poder militar de la corona. Así se logró la independencia nacional. Pero, la hegemonía de los terratenientes y grandes mercaderes criollos hizo que fuera una revolución inconclusa: no se resolvieron las tareas de la revolución democrática, principalmente las tareas agrarias. Cuestión que aflora en todas las luchas posteriores y que aún hoy, entrelazada con la nueva cuestión nacional en esta época del imperialismo y la revolución proletaria, sigue sin resolverse” (Programa del PCR de la Argentina, 12 Congreso, junio de 2009).
 
Un origen común, un destino común
Como nación, la Argentina nació a la vida junto a sus demás hermanas latinoamericanas. Después, como producto del predominio de los intereses particulares de los grandes terratenientes y mercaderes vinculados a las grandes potencias comerciales de entonces, en particular Inglaterra y Francia, la Argentina le dio la espalda a las demás hermanas e incluso Buenos Aires al resto de las provincias. Desde las clases dominantes fuimos expropiados de nuestra verdadera identidad, no éramos latinoamericanos éramos europeos, éramos un país formalmente independiente pero nos convirtieron en un país dependiente.
Pero una y otra vez, en las luchas de la clase obrera y el pueblo, resurge la Argentina profunda. La Argentina de las masas campesinas criollas y originarias aplastadas por la oligarquía en la Quebrada de Humahuaca y Puna, en el sur y el oeste pampeanos y patagónicos y en el norte chaqueño. La Argentina de las masas pequeñoburguesas urbanas y agrarias alzadas contra el régimen oligárquico con la Revolución de 1890 en Buenos Aires y las posteriores insurrecciones radicales en casi todas las provincias. La Argentina de las surgentes masas proletarias también reprimidas por la Argentina oligárquica, desde la primera huelga general en 1902 (cuando se impuso la Ley de Residencia) hasta las históricas conmemoraciones del 1° de Mayo y la Semana Roja de 1909 (donde se agregó la Ley de Defensa Social).
Esta Argentina profunda en lucha contra la explotación y la opresión y enfrentando la represión empujó hacia delante la rueda de nuestra historia, con nuevos hitos tras los festejos oligárquicos del primer Centenario, como el Grito de Alcorta en 1912, la Reforma Universitaria de 1918, la Semana de enero de 1919, la Patagonia Rebelde y las huelgas de La Forestal de 1920/21, la huelga general de enero de 1936, el 17 de octubre de 1945, la resistencia a la dictadura de Aramburu-Rojas, las manifestaciones contra la universidad “libre” de Frondizi, el Cordobazo y demás puebladas contra las dictaduras de Onganía y Lanusse, las luchas contra la última dictadura militar y por la soberanía en Malvinas. 
Esta Argentina profunda que las clases dominantes, tras el fracaso de sus dictaduras militares, volvieron a tratar de adormecer con una democracia regenteada por oligarcas e imperialistas, es la que volvió a emerger con las puebladas en el interior tras la traición de Menem en 1989 hasta el Argentinazo de 2001 y la rebelión agraria y federal de 2008. Esta Argentina rebelde, que se identifica y es parte de Latinoamérica y del conjunto de naciones y pueblos oprimidos por el imperialismo, a 205 años de la Revolución de Mayo de 1810 vuelve a proclamar “Ni amo viejo, ni amo nuevo. Ningún amo”, y se une al proletariado y las naciones y pueblos oprimidos de todo el mundo, dando batalla contra la dominación imperialista y los intereses locales que la favorecen, en el camino de la revolución que abra paso a su segunda y definitiva independencia.