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18 de septiembre de 2013

Una de las experiencias más destacadas de unidad para la lucha entre mujeres comunistas y católicas es la desarrollada en España durante la guerra civil entre 1936 y 1939.

Los comunistas y las católicas

Experiencias de la Guerra Civil Española

El Partido Comunista de España, a comienzos de la década de 1930, avanza en una política de unidad con las masas católicas de la península. Son los años del desarrollo de la línea de frente único, que llevó a la conformación del Frente Popular que ganaría las elecciones a comienzos de 1936.
 

El Partido Comunista de España, a comienzos de la década de 1930, avanza en una política de unidad con las masas católicas de la península. Son los años del desarrollo de la línea de frente único, que llevó a la conformación del Frente Popular que ganaría las elecciones a comienzos de 1936.
 
Como parte de esta política, el PCE buscó la unidad en particular con las mujeres católicas. Dolores Ibarruri, La Pasionaria, legendaria dirigente comunista que fue secretaria general del PC desde 1942 hasta 1960, fue una de las grandes defensoras de esta línea, en momentos que crecía el fascismo mundialmente, y el franquismo se agazapaba para la guerra civil.
Expresión de la unidad entre comunistas y católicas españolas fue la creación de la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA) en 1933, en la que confluyeron mujeres comunistas, socialistas y republicanas, así como republicanas católicas vascas. La AMA cumplió un rol clave a partir del levantamiento franquista en julio de 1936, tanto en el frente como en la retaguardia.
Libertad de conciencia
Cuenta Dolores Ibarruri en su libro El único camino cómo los comunistas, ya comenzada la guerra civil, se esforzaron “porque no se pusiese dificultad alguna al ejercicio del culto religioso; porque cesara el absurdo criterio de considerar fascista a todo el que era conocido como católico”, polemizando con los “espantanublados trotskistas y faístas” (esto último por la FAI, Federación Anarquista Ibérica).
La Pasionaria nos habla de un episodio –bajo el subtítulo Libertad de conciencia- con “más de cien monjas, que más que detenidas estaban retenidas” en la Cárcel de Mujeres de Madrid: “Los comunistas tomamos la iniciativa de terminar con aquella situación, ofreciendo a esas mujeres la posibilidad de vivir normalmente y dedicadas a sus quehaceres religiosos”. Con mucho humor, Ibarruri describe el encuentro con las monjas en el que les propone trasladarlas al convento de los Agustinos “Cuando estuvieron reunidas comencé mi propia presentación para que supieran a qué atenerse. Nunca hubiera imaginado que mi nombre impresionase de tal forma a aquellas mujeres. ¿Qué tremendas mentiras no les habían dicho de los comunistas y de mí?”, y luego cuenta cómo fue con tres de estas monjas “de clausura” al convento y a la iglesia “en la que todo estaba como el día que había cesado el culto. Ni un estropicio, ni una basura. Por allí no había pasado la FAI”. Tras un recorrido por el Palacio de los Duques de Alba del que las monjas se llevaron flores “después que las convencí que no era pecado… las llevé de nuevo a la cárcel para que informasen a sus hermanas de comunidad, que las esperaban con ansiedad, resistiéndose a creer que yo no las había secuestrado y maltratado”.
 
“No debemos herir los sentimientos religiosos”
“No es éste el primer caso en el cual los comunistas interveníamos para ayudar a las monjas, a pesar de la leyenda de matacuras que en torno al Partido Comunista había inventado la reacción”, dice Ibarruri, contando que el 5º Regimiento (el cuerpo de milicias populares creado por el PC que fue parte del Ejército Republicano), en una recorrida por Madrid se topó con un edificio en el una comunidad religiosa femenina “vivía sin vivir, entre la esperanza de salvarse y el temor de ser descubierta y condenada a la degollina, como la propaganda fascista les había hecho creer”. Ibarruri fue la encargada de hablar con estas mujeres. Cuenta que se encontró con cerca de veinticinco mujeres modestamente vestidas, en una habitación en la que no había “nada que mostrase que vivía allí un grupo numeroso de religiosas”. Nuevamente describe el espanto de las mujeres ante la mención “Yo soy Pasionaria”, y la conversación con las religiosas, en las que les aseguró que nadie las molestaría, ya que quedaban bajo la protección del Quinto Regimiento, y les planteó que cosieran ropa “para los niños huérfanos”.
“Antes de despedirme les pregunté: “No tienen Uds. Ninguna imagen, ningún crucifijo? ¿Qué les parece si al mismo tiempo que las lanas y las telas traemos algunos cuadros y un crucifijo? Me miraban sin saber qué responder. Creían que me burlaba de ellas, o que preparaba alguna maniobra demoníaca. “Como usted quiera”, dijo al fin la superiora. Marchamos de allí convencidas de que aquellas mujeres no nos habían creído una palabra…”. La anécdota concluye con Pasionaria llevándoles un crucifijo e imágenes religiosas de un asilo bombardeado: “La sorpresa no las dejaba respirar. Al desenvolver el crucifijo y entregárselo a la superiora, le miró con los ojos llenos de lágrimas y, besándole los pies, se lo entregó a las otras religiosas… -¡Que Dios se lo pague!- me dijo al marchar”. 
Una de estas religiosas, según consigna Manuel Vázquez Montalbán, años después le escribía a Ibarruri: “Me ha parecido que le agradaría a Ud. saber, no sólo que su memoria perdura en el agradecido y amante recuerdo de las hermanas, sino en el cuadro de su patrona, la Virgen Dolorosa que tiene aún una inscripción al dorso que justifica su procedencia y una tarjeta de campaña con la efigie de Ud., también allí bajo la protección de Nuestra Madre del Cielo”.
 
“No las atraeremos insultándolas o molestándolas”
Ya en el exilio, y luego de la derrota de los nazis, en una intervención en el Consejo de Unión de Mujeres Antifascistas Españolas, celebrado en París en junio de 1947, Ibarruri explicaba la política practicada por los comunistas hacia las católicas: “Nosotras, las que no somos religiosas, no debemos herir los sentimientos religiosos de las mujeres que creen. Lo que queremos es que luchen contra la miseria, contra la tiranía franquista. Y no las atraeremos insultándolas o molestándolas por sus sentimientos religiosos. (…) Y debemos atraerlas no diciéndoles que no deben creer en Dios, sino ayudándolas a defender sus intereses, preocupándonos por la situación de sus hijos; luchando por que los campesinos tengan tierra y porque se termine con la opresión reaccionaria y fascista que pesa sobre ellas.(…) Y en la medida en que sus aspiraciones vayan siendo cumplidas; cuando vean que por la lucha de las organizaciones y la actuación de un gobierno verdaderamente democrático, en un día obtienen lo que no obtuvieron en centenares de años de oraciones y de súplicas, yo os aseguro que han de tener interés en asistir a las reuniones de nuestra organización y de ser activas en nuestro movimiento”.