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02 de octubre de 2010

La cultura popular perdió a una de las grandes artistas que cantaron a su pueblo. Discípula de Atahualpa Yupanqui, intérprete impar de su obra, siempre brilló con luz propia. Desde el respeto y el talento personal forjó un estilo propio. Con él resguardó como pocos las entonaciones de la llanura. Su partida inesperada deja a muchos con en hondo dolor de saber que se fue cuando aún tenía tanto para dar.

Se nos fue pa’l silencio

Hoy 1262 / Falleció Suma Paz

Suma Paz falleció el 8 de abril en la ciudad de Buenos Aires, a los 70 años, a causa de una arritmia que derivó en un accidente cerebrovascular del cual no pudo recuperarse. Nació en Santa Fe, en el pueblo de Bombal, el 5 de abril de 1939. Hija de chacareros de diversos orígenes europeos y con una abuela ranquel, con la que pasaba sus vacaciones en la infancia y que dejó huellas profundas en su manera de ser.
De ella decía: “Se llamaba Natalia Salinas, era del asentamiento Fraile Muerto (hoy Bell Ville, Córdoba), yo la conocí vieja, arrugada y encorvadita. Había sido una mujer alta, de contextura robusta como los de su raza. Se levantaba a las 5.30 de la mañana y con un solo dedo dirigía toda la chacra”.
Suma Paz pasó su adolescencia y juventud en Pergamino, por eso decía que sentía a Buenos Aires “como una madre adoptiva”. Siendo muy joven decidió dejar la carrera que le abría su título de licenciada en Filosofía y Letras, por la música y la poesía. Este giro total hacia el canto –y a la música pampeana, tradicionalmente interpretada por hombres– se produjo en momentos que el país había retomado la expresión folklórica popular, luego del silencio impuesto por la dictadura que derrocó a Perón en 1955.
Su encuentro con Atahualpa Yupanqui selló su vida. De allí en adelante se abocó a difundir la obra del maestro. Esta tarea de tan enorme responsabilidad, y su proverbial modestia, a veces ha ocultado a la creadora, a la poeta, autora de melodías y letras de profundo contenido.
Pocos han escrito biografías sobre Suma Paz, quizá René Vargas Vera tuvo la posibilidad de reflejar su vida de manera singular y poética. Extractamos algunos párrafos de un artículo realizado el día de su fallecimiento:
“Era una de las fundamentales, y por eso su voz, que era capaz de lo profundo, contenedora de la sabiduría que dan los años, pasó inadvertida por las grandes usinas del marketing. Fue lo de menos: silenciosamente, Suma Paz siguió haciéndose oír fuerte hasta su muerte, que nadie podría haber advertido cercana, al verla recorrer kilómetros y kilómetros con energía para dar recitales en tantos puntos del país. Fue una artista que asumió a su modo aquella sentencia que le había legado Atahualpa Yupanqui y que siempre repetía: ‘Cuando cante, póngase detrás de sus versos, nunca adelante. Haga que se luzca lo que entrega, que es más importante que usted’ (…)
“La carrera de Suma Paz comenzó en los ’60, como una suerte de rareza: una chica que cantaba milongas y se acompañaba con una guitarra. Raro. Una chica que interpretaba a Yupanqui, pero sobre todo que se imponía para sí la forma en que el autor de ‘El arriero’ entendía su arte. Más raro. Enseguida empezó a aparecer en televisión, hizo una gira por Japón, condujo su propio programa de radio. Y siempre con Yupanqui como guía musical, ética y estética. ‘M’hija, en la vida del artista hay largas esperas, es necesario detenerse. El camino es largo, cuidado con los atajos, son cortos, son lindos, pero la van a llevar a otro lado’, le había dicho (…).

Le bastaban los sombreros paisanos escuchándola
Sola con su guitarra, Suma Paz supo hacerse escuchar atentamente aun en escenarios poco propicios para el canto desnudo de la pampa, como sucedió una vez en Cosquín y otros lugares. Pero lo fundamental es que a Suma le bastaban los sombreros paisanos escuchándola tras una valla a la luz de las estrellas, para saber que allí estaba a flor de tierra el alma de ese pueblo que la ayudó a no sentirse sola y olvidada en tantas otras circunstancias de su vida artística.
Una larga carrera sin claudicaciones ni abandonos. Reconocida por sus paisanos, los premios y distinciones fueron llegando de a poco, válidos y valiosos porque no fueron producto de la popularidad otorgada comercialmente, sino por ser una artista popular, surgida de su pueblo y reconocida por él.
Por decisión de sus familiares y cumpliendo un deseo expresado en vida por ella, fue velada en la intimidad del dolor de amigos cercanos que pudieron acercarse. Su sepelio tuvo iguales características.

No poner nunca la persona delante del canto
En la despedida, Josefina Racedo, amiga entrañable de Suma, expresó ante familiares y amigos cercanos estas sentidas palabras:
Despedir a Suma Paz es inútil. Sólo vale saber que estará siempre entre nosotros en su voz… sus arpegios… su manera inagotable de darse.
Yo soy sólo una de las innumerables personas que fuimos tocadas por su afecto, su ternura, su respetuosa actitud ante el otro, sea cual fuere su rango o condición social.
Por eso no puedo en mis palabras reflejar a toda su persona y agradezco a sus hijos Patricia, Zulma, Analía y Marito y a su compañero Mario, que hayan pensado que a través mío se expresará el sentimiento doloroso que a todos nos ha despertado su repentina partida.
Se nos fue pa’l silencio, como decía don Ata, así… tratando de no preocupar a nadie, como lo hizo durante toda su vida; nos dejó con esta desazón ante la irremediable finitud de la vida.
Comenzó a ser Suma Paz cuando decidió que su canto iba a ser la herramienta para devolver al pueblo el orgullo, la pertenencia a una cultura que emerge del trabajo y la dignidad. Y se convirtió para siempre y para todos en Suma Paz, dejando atrás los nombres otorgados en el nacimiento.
Desde allí, desde esa constante y compleja construcción, asumió esa responsabilidad propuesta por su maestro Atahualpa: no poner nunca la persona delante del canto; y quizá también la austeridad y la reserva que llevó toda su vida como señal propia.
Llevó dentro de su casa la misma vida que los destinatarios de su canto: con humildad, sin ostentaciones, valorando lo principal de la vida, como los afectos, las alegrías, la honestidad.
Generosa y solidaria, abrió las puertas de su corazón y de su hogar a los amigos y siempre estuvo atenta a los llamados de aquellos paisanos que la nombraban madrina de sus rodeos, de sus peñas, de sus encuentros. Por eso quizá, de la mano de ellos, pudo recorrer y conocer palmo a palmo su provincia, el país, los pueblos sedientos de sentimiento nacional, de cultura propia.
En Suma, las dotes de intérprete, artista, cantante adquirieron dimensiones particulares.
De la primera, lo fue en el cabal sentido de la palabra. No es intérprete quien pone su pensamiento y su versión subjetiva, sino quien se anima a traducir el sentir del pueblo y lo devuelve a través del arte, enriquecido y vigoroso. Y de eso ella hizo su bandera.
Como artista, su capacidad creativa la llevó más allá de la tarea de difundir lo que aprendió de la obra del maestro. Desde su actitud para nada ostentosa, fue creando esas poesías, sus canciones, que deberemos conocer y difundir desde ahora en adelante.
Suma Paz fue una de las voces silenciadas, pero para nada fue silenciosa, sólo respetuosa de los tiempos y las condiciones, a los que supo dar lucha en el campo de la actuación. De allí que a pesar de esa sutil manera que tienen los de arriba para minimizar al que descubren peligroso para sus intereses, fue logrando el auténtico reconocimiento otorgado por los iguales: los hombres y mujeres que aprendieron a valorarla y respetarla.
Su voz, la de la mujer de la pampa, nunca trató de acaparar el volumen para ser escuchada. Todo lo contrario, lograba el silencio absoluto con su guitarra entrelazada en sus brazos y su poncho. Y eso sorprendía a muchos que creen que lo importante es revolearlo o rodearse de bullas para ser reconocido. Suma es y seguirá siendo reconocida como ejemplo de artista, intérprete y cantante.
A los silenciamientos deliberados opuso la tenacidad del camino elegido, a las ofertas de prebendas opuso su insobornable rectitud. Nunca se embarcó en propuestas que otros aceptaron y aceptan.
Una palabra hermosa que Suma siempre nos decía es la de Patria. Para ella el patriotismo sólo era concebible estrechamente vinculado al pueblo. Tenía una honda comprensión y claridad de lo que es sentirse perteneciente a un pueblo con hondas raíces históricas y que había ido logrando sus conquistas en luchas, con derrotas y triunfos. Por eso su compromiso con lo nacional nunca se confundió con el nacionalismo de la oligarquía, siempre antipopular. Convicción que la obligó muchas veces a ir contra la corriente. Este compromiso profundo, no superficial, sino que calaba hondo en quienes la conocimos, la hizo sumarse a las formas de luchas contra los que destruían la cultura nacional.
Detrás de esa pequeña y frágil persona que parecía ser, había una fortaleza enorme, de convicciones, pensamiento y decisiones. Y esto lo comprobé cuando trabajamos en el Movimiento de Reconstrucción y Desarrollo de la Cultura Nacional, durante la dictadura, asumiendo con valentía luchar desde su campo específico. Recuerdo los seminarios sobre el Martín Fierro (producto de una investigación de largos años), las charlas para jóvenes y los recitales compartidos con Aimé Painé, León Gieco y músicos populares de distintos lugares del país.
En medio de situaciones tan difíciles como la Guerra de Malvinas, Suma no se confundió: cantando ‘La Hermanita Perdida’ de don Ata, nos conmovía con ese sentimiento, pero Suma fue de las que siguió cantándola siempre porque aún ‘queremos ver ondear nuestra bandera azul y blanca en esas tierras heladas’. Por eso nunca hizo oportunismo político. Lo único que reclamaba era poder trabajar, y esto, como a don Atahualpa y todos los que no van con las gestiones de turno, le fue retaceado cuando no negado.
En los últimos años pudimos compartir distintas actividades donde fuimos testigos de ese don especial para acercar a los jóvenes y brindarse con su habitual generosidad, trasmitiendo su experiencia y aconsejando sobre la necesidad de fortalecer el conocimiento sobre quiénes somos. En una Argentina cada vez más dependiente de los distintos intereses de potencias extranjeras, era un bálsamo para los que están creciendo arrullados por modelos culturales impuestos, tan distintos, recibir la fuerza y la potencia de su mensaje.
Finalizando sus palabras de despedida, Josefina Racedo se preguntó: ¿Dónde va a seguir estando usted? En los pequeños pueblos que encontraron en su canto la respuesta a sus esperanzas y la voz para la comprensión de sus silencios.
Porque usted fue convocada por los de abajo. Penetró en el alma de su pueblo, en lugares como Madariaga, donde al comenzar a tocar la guitarra en un enorme salón, apenas soltó la primera estrofa de la milonga, un paisano se levantó entre el público y empezó a recitarle una décima. ¡Qué hermosa relación entre amigos! Y lo podían hacer porque la conocían y usted los conocía a ellos.
Va a seguir con nosotros los que la supimos conocer, amar y valorarla, a usted y a su obra. Quizá sea la tarea fundamental que debemos asumir, que su herencia se conozca en las generaciones que nos sigan.
Doña Suma, nos despedimos de usted y siempre cantaremos estas estrofas, cada uno con nuestras tonadas en el norte, en el sur, en toda nuestra Patria… porque ésa fue usted:
…Soy presente, soy pasado
yo soy lo que debo ser
y canto sin más razón
que haber nacido argentina
soy la calandria que trina
con corazón de mujer!