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02 de octubre de 2010

Una fría mañana en Tortuguitas

Hoy 1272 / Hoy ha muerto un revolucionario

Hoy ha muerto un revolucionario, se decía en las calles de la localidad de Tortuguitas, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Hoy ha muerto un luchador, decían sus compañeros de ruta. Hoy ha muerto mi padre y mi compañero, decía su hijo. Luis Cubilla, dirigente de la CCC de la Zona Norte del Gran Buenos Aires, falleció el viernes 12, luego de que un cáncer fulminante lo azotara durante los últimos meses.
De “Cubi” (para sus compañeros), dicen que fue un ejemplo. Que el tipo se preocupaba por los demás siempre antes que por él mismo, que ponía las necesidades del conjunto ante las propias, que siempre estaba al frente de la lucha, que cuando lo precisabas, él estaba. Y una sensación de tristeza generalizada se sentía a fondo entre aquellos que lo íbamos a despedir.
Era una mañana helada. El viaje en un destartalado colectivo escolar desde Berazategui hasta Grand Bourg arruinó la espalda de unos cuantos, incluyendo la mía. Dos horas treinta de viaje y los huesos hechos añicos, mientras atravesamos ese Conurbano profundo, tan amigable y querido como desolador.
Algunos afortunados pudieron dormir, otros sólo contemplaban el paisaje que tantas veces han visto, que tanto conocen y que siempre se repite: ex barrios obreros venidos abajo, casillas y asentamientos sin final en la avenida, calles de tierra y niños en patas jugando al fútbol, y la marca de la muerte en los arroyos y las demás vertientes del Río de la Plata. Huellas de la desidia y el odio de aquellos que gobiernan, de la indiferencia y el clientelismo más grande, del ninguneo al que arrastran a millones de personas en un radio pequeño del territorio de nuestra República Argentina. Hacinamiento y corrupción a lo largo del camino, y aquellos que resisten, con un mate y unas galletas para aguantar el frío. Con la calidez de la conversación y el trato amable, para atemperar el frío y las injusticias.
Al bajar del colectivo, los abrazos se suceden en el camino a la casa fúnebre. El lento caminar y el gran pesar cubren a la masa que se acerca al cajón. Una última despedida a ese amigo que escucharon en alguna oportunidad, o que sólo conocieron por boca de otros. Un último adiós, un saludo a aquel que siempre va a estar entre nosotros, en la calle y en los caminos, y que por eso no será olvidado.
Las banderas comienzan a desplegarse a lo largo de la calle y son de diversos colores y lugares. Sus inscripciones me permiten conocer localidades remotas que desconozco, pero que, como nosotros, se acercaron para dar el pésame. Viajaron durante toda la fría mañana para llegar a Tortuguitas, y eso nos une no sólo en el sentimiento desolador, sino también en la necesidad de abrigo y calor. Algo que se logra mientras nos encolumnamos para marchar hacia el cementerio. Se cierra el cajón y un aplauso cerrado se genera cuando lo meten en el coche fúnebre, mientras mi espina dorsal es recorrida por un escalofrío diez veces más duro que el del frío matinal.
Nos aprestamos a caminar, en un sol de mediodía que ayuda a calentar los cuerpos. El silencio es atronador. Cuerpos curtidos por el trabajo, arrugados por las jornadas completas frente a las chimeneas y las curtiembres, desgajados por la vida tantas veces inclemente con ellos, se disponen a marchar. Las banderas se encolumnan detrás de aquel que vienen a despedir. Se escuchan lágrimas y abrazos en la multitud que comienza a caminar. Son aquellos que han marchado siempre junto a Cubilla, en el calor abrasador del verano y en el frío absoluto del invierno, a lo largo de calles cubiertas por hojas primaverales y de árboles con pájaros que sólo cantan en primavera.
Aquellos que tienen las zapatillas gastadas de tanta marcha por la Argentina, de tanto reclamar por pan, trabajo, salud y educación. Pero esta vez es distinto. Hoy no se escuchan cánticos ni ruido de redoblante o tambor. Hoy la columna de personas está de luto, hoy se despide a un compañero, a un amigo. Y todos hablan de él, mientras lo recuerdan.
Voces y caras relatando que el tipo resistió la dictadura en su país y siguió luchando. Que “Cubi” enseñó el significado de la palabra clasista, y cómo eran los métodos clasistas para dirigir. Que era una persona común y corriente, que se equivocaba e intentaba corregir a partir de las críticas de sus compañeros. Que el tipo estuvo en la histórica toma de Ford del ‘85, donde los obreros fueron dueños de la fábrica por 19 días y que pusieron en marcha la producción. Y que cuando esa lucha fue derrotada, planteó barajar y dar de nuevo, para seguir construyendo una fuerza revolucionaria que pudiera transformar la realidad, porque sabía que la lucha era larga y cruel.
Dicen sus compañeros que en los ‘90, cuando el hambre y la desocupación arreciaban las casas de los pobres, se dedicó con empeño a la construcción de una fuerza como la CCC, para hacer frente a las políticas de entrega de los gobiernos de turno y dignificar la vida de miles desde la lucha colectiva. Varios jóvenes caminantes cuentan que una de sus principales preocupaciones de los últimos tiempos era la juventud. Que ésta no debía ser instrumentada por el Estado con el paco y el alcohol; que la juventud debía organizarse para pelear por tener un futuro digno. Y “Cubi” destinó grandes esfuerzos para ello, con una política de acompañarlos y aprender junto a ellos. Las jetas de estos chicos se llenaban de lágrimas al recordar a su dirigente.
Las cuadras que unían a la casa velatoria con el cementerio se sucedían, y el trayecto era largo. Así, luego de las primeras treinta cuadras, mis piernas dolían y sus músculos comenzaban a arder.
En el momento en que amago a realizar una queja, escucho: “vamos compañera, ya falta poco”; y una voz ronca que responde “ya estamos m’hijo, ya llegamo’”. Me doy vuelta y veo detrás una señora muy vieja, de tez morena, con arrugas por doquier. Esa era la voz ronca que había escuchado. Me sonrojé. Mi cuerpo joven y vigoroso no tenía nada de que quejarse. Pensé: cuánto tengo por aprender, y el ejemplo caminante de ello venía detrás de mí. Y faltaban treinta cuadras más aún…
Las últimas veinte cuadras me dediqué a observar el camino. Calles de tierra y asfalto que contenían casas humildes, de chapa y material, de madera y piedra. Modestos negocios, modestísimos, de barrios que buscan salir a flote y encontrar alguna salida a su situación desesperante. “Hay tortilla y chipá”, gritaba un vendedor; “hay choripán a dos pesos” coreaba otro.
Los vecinos salían a la puerta de sus casas, unos asombrados, otros apesadumbrados. Observaban esa columna caminante de luto, y sus silencios se solidarizaban con el cortejo. Ningún vecino faltó el respeto, ni siquiera aquellos que con sus destartalados autos buscaban sortear a los piqueteros. Hoy había muerto uno como ellos, quizá con ideas muy diferentes a las suyas, pero que la peleaba a la par en la vida diaria.
Cuando entramos al cementerio, los sepultureros nos miraron con sorpresa. Se preguntaron quién vendría en ese coche fúnebre, por qué lo acompañaba toda esa gente en ese frío mediodía de Tortuguitas. Con un megáfono se improvisó un breve acto, en el cual los familiares, compañeros y camaradas de “Cubi” dieron un último adiós a ese hombre que en tantas jornadas los había acompañado.
El llanto y la emoción poblaron el cementerio y dieron envidia hasta a los muertos. Ya nadie quedó fuera de su recuerdo, ni los que no lo conocimos personalmente, ni siquiera los sepultureros… De allí en adelante, Cubilla siempre estará en nuestros corazones, no lo olvidaremos, porque él como tantos otros seguirá marchando a nuestro lado.

Mariano